Faltaba un cuarto de hora para las dos de la mañana del 16 de julio cuando llegó la orden de salir. Más de medio centenar de efectivos de la División de Investigación de Delitos de Alta Complejidad (Diviac), una unidad élite de la Policía Nacional de Perú, abandonaron en silencio la plaza de una escuela de entrenamiento a las afueras de Iquitos. Decenas de fiscales los seguían vestidos con chaquetas de viento marcadas con las siglas de sus entidades. Para evitar posibles filtraciones, casi todos habían llegado de Lima y solo se habían enterado de su objetivo hacía un par de horas: esa madrugada, debían desmantelar una presunta organización dedicada al tráfico de vida silvestre y detener a sus cabezas, las hermanas Milagros y Lita Ferreyra Ahuanari, dos de las personas más poderosas del departamento de Loreto, en la Amazonía peruana.
A principios de mes, una jueza había aprobado el arresto de las hermanas y nueve personas más, luego de una investigación de casi tres años, coordinada por la fiscalía peruana y el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos (U.S. Fish and Wildlife Service), una agencia federal dedicada a la conservación y la lucha contra los delitos ambientales.
La pesquisa incluyó meses de escuchas telefónicas, múltiples seguimientos de agentes encubiertos y análisis de datos biológicos y aduaneros de diversas especies animales exportadas desde el Perú. Según el Ministerio Público, la organización criminal, a la que denominaron Los Peludos, capturaba de manera ilegal tortugas, lagartos, ronsocos, perezosos y otras especies de la Amazonía y los vendía como mascotas exóticas supuestamente criadas en centros legales a China, Estados Unidos, México y otros países. La organización registró millones de dólares en ganancias no declaradas, de acuerdo con análisis financieros, seguimientos de agentes encubiertos e interceptaciones telefónicas. Y todo ocurrió bajo la coordinación de la familia Ferreyra.
Amparados por gritos de chicharras y los cantos nocturnos de los insectos de la selva, once grupos de policías armados con bastones de combate, escudos antidisturbios y martillos se dirigieron a seis camionetas alquiladas y varios buses intermunicipales verdes y naranja sin puertas ni ventanas. Dos observadores estadounidenses del Servicio de Pesca y Vida Silvestre se subieron a uno de los vehículos. Una ambulancia escoltaba la caravana principal. La mayoría de los policías se dirigió a las casas de las hermanas y a los seis depósitos de fauna, no muy lejos del aeropuerto de Iquitos. Otros más tenían la responsabilidad de allanar dos zoocriaderos a casi 40 kilómetros de la ciudad.
A la 1:49 a.m., los vehículos enfilaron por la carretera Nauta – Iquitos hacia sus respectivos destinos. Música andina sonaba de fondo en una de las camionetas donde un suboficial coordinaba la operación. «Está en su jaula el pollito», dijo mientras avanzaba por la carretera vacía entre ecos de fiestas aún vivas.
La caravana se apostó cerca de una mansión de dos pisos rodeada por un muro de concreto. Menos de un minuto después, tres perros callejeros ladraban a la veintena de uniformados que corrían hacia la puerta del hogar de Milagros Ferreyra, la hermana mayor y, de acuerdo con la Fiscalía, el cerebro detrás de Los Peludos, quizá una de las mayores organizaciones de tráfico de fauna en toda la Amazonía.
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Escuché hablar por primera vez de las hermanas Ferreyra a mediados de 2024, mientras trabajaba en una investigación sobre tráfico de tortugas matamata en la Amazonía colombiana. Traficantes colombianos enviaban tortugas matamata capturadas en la Orinoquía colombiana hasta Iquitos, donde las «lavaban» en zoocriaderos para luego exportarlas y venderlas como mascotas por un precio estimado entre 250 y 1.000 dólares cada una. Lo que descubrieron los biólogos es que esas matamata del Orinoco eran una especie nueva para la ciencia, diferente a la de la cuenca del río Amazonas: Chelus orinocensis en lugar de Chelus fimbriata.
En esos meses, varias fuentes policiales mencionaron a Milagros Ferreyra como una de las personas involucradas en el comercio de esta especie. Había una investigación de la fiscalía peruana, pero el caso recién se estaba documentando. Todas las personas que conocían de cerca la exportación de animales, mencionaban a Milagros como la cabeza del negocio y a su hermana menor como la segunda al mando. Comunidades indígenas, biólogos y estudiantes la admiraban o repudiaban. No había términos medios. Y los retazos de su biografía hablaban de una vida cinematográfica y un poder desbordado.
Milagros nació en 1977 en el distrito de Las Amazonas, en la provincia de Maynas. Según el portal Rumbos del Perú, creció en la comunidad ribereña de Santa María del Amazonas, un centro poblado con una escuela y una cancha de fútbol. De niña, solía ir a pescar al río con sus hermanos mayores. Empezó a trabajar a los nueve años capturando peces ornamentales. En un principio, se dedicó a la «variedad», reunía diferentes especies de peces en volúmenes pequeños y los vendía a acopiadores y acuaristas.
Su padre murió cuando ella tenía 12 años, por lo que, como el resto de la familia, tuvo que empezar a aportar económicamente para sostenerse. En su adolescencia, recorría diferentes comunidades de los ríos Amazonas y Napo para conseguir los peces que mejor se vendían. A los 16, llegó a la localidad de Requena, sobre el río Ucayali, en busca de arawanas, o peces dragón, como los llaman en Asia, un familiar del paiche (Arapaima gigas) de cuerpo alargado y escamas azul plata, que durante décadas sostuvieron la pesca ornamental en la Amazonía.
Desde hace unos años, en China y otros países vecinos, la familia Osteoglossidae (del griego osteo «hueso» y gloss «lengua»), a la que pertenecen las arawanas, se ha convertido en una obsesión de ciertos aficionados. Como cuenta la periodista Emily Voigt en su libro The Dragon Behind the Glass, algunos de estos peces se han vendido en cientos de miles de dólares, por lo que tienen escoltas armados cuidándolos en los acuarios durante los principales eventos de coleccionistas en el Sudeste Asiático. A ciertas especies incluso les hacen cirugías plásticas en los ojos y las barbillas para que se adapten a los cánones de belleza ideados para esos peces.
Las arawanas representaron otra bonanza para algunas personas de la Amazonía. En los noventa, en Colombia y Perú, los compradores internacionales les adelantaban miles de dólares a los acopiadores locales para que sacaran avionetas enteras llenas con los peces. Algunos pescadores en Leticia cuentan que en ocasiones compraban barcos solo para trasladar un cargamento de peces desde las comunidades hasta las pistas aéreas.
Cuando tenía 17 años, Milagros empezó a trabajar de la mano de las comunidades indígenas de las cuencas en la reserva nacional Pacaya Samiria, la reserva nacional más grande del Perú, con una superficie similar a la mitad de Países Bajos. Al igual que otras comunidades en Ucayali, las de Pacaya pescaban arawanas, rayas motoras y otros peces ornamentales. Milagros los ayudó a formar grupos de manejo para que no solo capturaran arawanas, sino que también aprendieran a criarlas. Convenció a la mayoría y así logró controlar el 75% de la producción de alevinos de arawanas.
El comercio, sin embargo, decayó con el tiempo. Después de años de investigación, acuaristas en Europa del Este y Asia establecieron centros de cría masiva de muchas de las especies amazónicas. En lugar de importarlos desde Perú o Colombia, empezaron a criarlas en sus países para venderlas localmente o exportarlas.
Milagros no tardó en reaccionar. En 2005, con 27 años, ayudó a numerosas comunidades indígenas del Pacaya Samiria para que se formalizaran en grupos de manejo, asociaciones avaladas por el Estado dedicadas al cuidado y la comercialización de flora o fauna. Además de las arawanas, debían dedicarse a una especie que tenía el potencial de inundar el mercado de mascotas alrededor del mundo: la taricaya (Podocnemis unifilis).
Durante siglos, esas pequeñas tortugas de manchas amarillas en la cabeza fueron fuentes de alimento, medicina y herramientas para las comunidades amazónicas. Debido a la deforestación y a su sobreexplotación, las poblaciones de las taricayas vienen disminuyendo desde hace décadas. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza las clasifica como Vulnerables, lo que quiere decir que enfrentan un alto riesgo de extinción en el mediano plazo. La última evaluación, sin embargo, se hizo hace 30 años, por lo que no hay claridad sobre el estado actual de la población, lo que permitió a las Ferreyra exportarlas sin mayores dificultades.
La facilidad se debe en gran medida a la legislación nacional. El Perú es el único país de Sudamérica que aún permite la extracción de mamíferos y reptiles de su medio silvestre sin tener estudios poblacionales. Las normas buscan que las comunidades puedan aprovechar de manera sostenible ciertas especies, como la taricaya, cuya extracción controlada, se supone, no afecta los ecosistemas.
Hasta mediados de los años 2000, el monopolio de las tortugas de manchas amarillas pertenecía a un empresario llamado Santiago Alves. La escala, sin embargo, era mucho menor. Alves no aprovechaba el potencial del animal de la manera en que Milagros lo imaginaba. Usando los contactos que había cultivado gracias a la exportación de peces ornamentales, la mayor de las Ferreyra viajó a China y, luego, recibió en Loreto a empresarios de ese país, entre quienes se ganó el apodo «Amazon Baby».
En 2007, constituyó la empresa MF Tropical Fish E.I.R.L y en febrero del año siguiente realizó su primera exportación: 1.152 taricayas vivas a una compañía importadora de frutas, comestibles y bienes no perecederos llamada Kon Kang Fruits Lann, en Hong Kong. Durante el resto de 2008, la empresa envió otras 7.520 taricayas a Asia. Gracias a los animales que recibía de las comunidades, no tardó en convertirse en la mayor exportadora, por encima de Alves.
El negocio creció de manera desaforada. Milagros expandió sus ventas de taricayas a Indonesia, Estados Unidos y otras tiendas de mascotas o acuarios en China y Taiwán, mientras, al mismo tiempo, continuaba despachando peces ornamentales. También en ese tiempo, incluyó de manera más activa a su hermana Lita, y a otros miembros de su familia, quienes crearon empresas o terminaron jugando uno u otro rol en el negocio, de acuerdo con los expedientes judiciales.
Milagros tampoco descuidó a las comunidades: trabajó con 36 grupos de manejo en Pacaya Samiria y 16 más en la región de Ucayali, incluidos, según su propio testimonio, pueblos indígenas en contacto inicial.
Las empresas de las hermanas transformaron la exportación de fauna en el Perú. De acuerdo con un análisis realizado por OjoPúblico, para la década de 2020, las tortugas taricayas se convirtieron en el animal más exportado del país, a pesar de que no hay estudios muy claros sobre su población.
Entre 2014 y 2023, alrededor del 70% de toda la fauna enviada al exterior desde el Perú eran tortugas taricayas. En total, más de 4 millones y medio de tortuguitas de manchas amarillas salieron de la Amazonía con destino a acuarios caseros o tiendas de mascotas. Según la información de aduanas, las Ferreyra recibieron más de la mitad del dinero de la fauna vendida fuera del país.
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La madrugada del 16 de julio, los policías y fiscales en Iquitos tardaron menos de dos minutos en ingresar a la casa de Milagros Ferreyra. Cruzaron la portería, un patio junto a un garaje con seis motos y dos camionetas negras de alta gama, y entraron a la vivienda principal, que vigilaban desde hacía meses. Dentro, se dividieron en grupos para asegurar la propiedad, de acuerdo con varios testimonios de autoridades que participaron en la intervención.
En la planta inferior, al lado del comedor, había una oficina repleta de carpetas marcadas con los nombres de algunos zoocriaderos y empresas de las hermanas. Al subir las escaleras, los efectivos de la Diviac encontraron cinco habitaciones. El hijo menor de Milagros dormía en una de ellas. En otras tres, había maletas vacías, clósets llenos de ropa y camas sin tender. Al final de un pasillo, en la recámara principal, durmiendo con la televisión prendida, estaba Milagros Ferreyra, La Jefa, como la llama la fiscalía en el expediente judicial.
La empresaria despertó y escuchó las acusaciones en su contra sin hacer escándalo, según el policía que la encontró. Luego, se sentó en el borde de la cama y buscó un cigarrillo. Lo prendió con calma, analizando con cuidado a los presentes, como si intentara memorizar sus rostros. Una plancha de vapor descansaba contra una pared frente a dos percheros atiborrados de carteras y bolsos con el logo de Carolina Herrera y Louis Vuitton.
«Nunca me he dedicado al tema del tráfico, nada», dijo entre caladas y sin alzar la voz. Solicitó que llamarán a Carlos Araujo Cabezas, un abogado conocido en Iquitos por defender al exgobernador Elisbán Ochoa Sosa, acusado por actos de corrupción durante la pandemia, y por haber huido después de atropellar y herir fatalmente con su camioneta a un suboficial de la Fuerza Aérea Peruana, en mayo de 2022 (en agosto de 2026 atropelló a otra persona). Tras hacer esa solicitud, Milagros permaneció en silencio, fumando.
Mientras la hermana mayor de las Ferreyra observaba con detenimiento a los fiscales, operaciones similares se desarrollaban en otras zonas de la ciudad para capturar a otras diez personas que supuestamente hacían parte de Los Peludos. Una de ellas era Lita Ferreyra, quien se hallaba durmiendo a apenas unas cuadras de distancia, en una casa en la Calle Las Azucenas. Uno de los grupos de la policía la detuvo allí.
Un hedor a heces de reptiles enmohecía la propiedad, que funcionaba como vivienda de la hermana menor y también como depósito de fauna de su empresa. Algunas cucarachas se escabullían bajo las puertas de hierro de las habitaciones. En un laboratorio, más allá de un pequeño patio interior y una silla de ruedas abandonada, cientos de diminutas tortugas matamata se retorcían bajo el agua en bandejas plásticas. Al fondo, una puerta metálica verde y una pared con la ilustración de un oso hormiguero amazónico, un lagarto y una rana kambó anunciaban el fin de la residencia de Lita y el inicio del depósito de fauna.
El centro de acopio tenía varias zonas. Justo después de la puerta, a la derecha, había un recinto con tanques llenos de arawanas plateadas (Osteoglossum bicirrhosum) y varias especies de lagartos y tortugas. Al otro lado, grandes jaulas cubiertas con mallas alojaban perezosos que colgaban como hamacas entre ramas y maderos. El centro del depósito era un gran pozo de aguas color jade repleto de tortugas taricayas. Alrededor, había encierros con luces rojas llenos de crías de ronsocos.
Los fiscales y la policía guiaron a Lita hasta los pozos, de acuerdo con testigos de la intervención. Al igual que su hermana, tenía puesta una pijama blanca. Jannet Cisneros, especialista en manejo de fauna silvestre del Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (Serfor), le dijo que tendría que drenar el pozo para poder contar el número exacto de tortugas. Lita protestó con voz queda. No quería que se murieran sus animales, dijo. Tenía que alimentarlos a las ocho de la mañana. No podían llevárselos. «Los animales se van a quedar acá», respondió Cisneros. Entre las aguas cetrinas, como si fueran espías, las taricayas alzaban y escondían sus pequeñas cabezas manchadas.
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Según los últimos registros de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES), el Perú es uno de los países que más exporta animales vivos extraídos de sus ecosistemas a nivel global. Cada año, millones de tortugas, peces y mamíferos capturados en la Amazonía salen en aviones de carga desde Lima hacia Estados Unidos, Asia y Europa. El país lidera la lista en la venta de reptiles: casi el 20% de todas las tortugas, lagartijas y serpientes que se adquieren en las tiendas de animales del mundo, para satisfacer la demanda de mascotas, provienen del Perú.
Las motivaciones son arcaicas, aunque la industria es reciente. Nadie sabe exactamente cuándo ni cómo logramos moldear a los animales para que fueran nuestras mascotas. Algunos investigadores especulan que un cráneo de casi 32.000 años, hallado en una cueva en Bélgica, pertenece a uno de los primeros «perros» adoptados por el hombre. Otras evidencias apuntan a una primera domesticación hace 16.000 años en Europa y a una segunda 2.000 años más tarde en Asia. Como sea, parece ser un hecho anterior a los primeros poblados, la metalurgia y la agricultura.
La domesticación marcó un cambio significativo en nuestra relación con los demás animales. Por primera vez, empezamos a verlos no como depredadores o presas —simples fuentes de miedo o alimento—, sino como algo inédito para un ser de otra especie: compañía, aliados, amigos, protectores, fuente de admiración. La resignificación no fue inmediata, pero, para el auge de la civilización egipcia, los perros, gatos y animales exóticos ya vivían en ciertos hogares. Una inscripción en piedra en una pequeña tumba de la Sexta Dinastía, ubicada cerca de la Gran Pirámide de Guiza, habla de Abuwtiyuw, un perro guardián a quien un monarca homenajeó con lino, incienso y un entierro digno de muy pocos hombres.
Templos y otros sepulcros sugieren que la tenencia de mascotas exóticas —una precisión cultural y de tiempo: en un principio, todas lo eran— era común, en parte por la relación que algunos animales tenían con el panteón egipcio. En cementerios alrededor de Saqqara, por ejemplo, se halló casi medio millón de ibis momificados. Otras excavaciones y fuentes muestran que faraones, nobles y sacerdotes cuidaban y, al parecer, compartían espacios con peces, halcones, gacelas, babuinos, cocodrilos, hipopótamos y otros animales.
La convivencia con esos otros seres se ha mantenido de manera más o menos continua desde ese entonces. La civilización china crio peces ornamentales; los romanos capturaron leones, leopardos y elefantes para sus combates y zoológicos privados; los mayas cuidaron jaguares para sus rituales; y desde la edad media en Europa no es extraño que ciertos reyes, aristócratas y millonarios compren jirafas, rinocerontes, guacamayos y otros animales extraordinarios para mantenerlos encerrados en sus jardines y palacios.
La era de la navegación impulsó de manera significativa el comercio de mascotas, de acuerdo con Mark Mitchell, autor del libro Manual of Exotic Pet Practice. Las aves fueron las más transportadas. Entre el siglo XV y XVIII, millones de canarios, pinzones, loros, pavos reales y otras especies viajaron en las entrañas de los barcos europeos que recorrían el mundo. Aunque muchas morían, tenían mayor probabilidad de sobrevivir —y eran más sencillas de capturar y alimentar— que los mamíferos o reptiles, como las tortugas, que a menudo terminaban en los platos de los marinos en medio del recorrido.
El comercio a gran escala se consolidó con el transporte aéreo. Los aviones permitieron trasladar de manera veloz y sin tantos riesgos todo tipo de animales provenientes de los lugares más recónditos del planeta. Gracias a la aviación, la actriz norteamericana Clara Bow acogió a un koala, un regalo de uno de sus admiradores; el pintor Salvador Dalí viajó por el mundo con Babou, su ocelote; Tippi Hedren, la protagonista de Los pájaros, de Hitchcock, recibió en su casa un león de casi 200 kilos; Michael Jackson adoptó un chimpancé; Slash, de Guns N’ Roses, tuvo a las anacondas Clyde y Sam y a un centenar de reptiles más en un herpetario aledaño a su hogar; y narcotraficantes como Pablo Escobar atesoraron en sus fincas jirafas, tigres e hipopótamos.
El acceso a esa clase de animales, sin embargo, no se limitó a artistas, estrellas de rock o criminales. A finales del siglo XX, millones de hogares, principalmente en Estados Unidos, Europa y Asia, compraban serpientes del maíz (Pantherophis guttatus), hurones (Mustela furo), peces ornamentales, tarántulas, tortugas taricayas (Podocnemis unifilis) y miles de especies más para acuarios, terrarios y hábitats artificiales en sus casas.
Ese afán por estar en contacto con «la naturaleza» convirtió la venta de fauna y flora silvestre en un negocio paquidérmico. De acuerdo con un estudio, entre 1997 y 2016, el comercio legal de vida silvestre movió entre 2,9 y 4,4 billones dólares, en su límite superior, una cifra similar al producto interno bruto de Japón. Otro análisis halló que el valor anual es de 360.000 millones de dólares, casi una y media veces el valor de mercado de la moda de lujo a nivel global.
Es difícil reunir datos precisos. La mayoría de los países no tienen bases completas ni actualizadas, pero una investigación acerca de Estados Unidos, ofrece algunas pistas sobre la escala del negocio. Entre 2000 y 2022, el país norteamericano importó alrededor de 2.850 millones de individuos de cerca de 30.000 especies. Gran parte terminaron como mascotas. En promedio, Estados Unidos importa 90 millones de animales silvestres vivos, cuyo valor asciende a 158.000 millones de dólares, el equivalente a casi dos veces el PIB de Bolivia.
Empresarios y gobiernos de todo el mundo han intentado sacar provecho de esa demanda. Como narra la periodista Emily Voigt, existen multimillonarios centros de investigación dedicados a la crianza y manipulación genética de peces ornamentales en Singapur y otros países asiáticos; Alemania, República Checa y Ucrania tienen enormes criaderos de reptiles y anfibios traídos de otros lugares del mundo; el Sudeste Asiático e Indonesia exportan aves exóticas, como pericos, cacatúas, loros, minás y cálaos; y empresas web, sin bases fijas, ofrecen invertebrados, monos capuchinos, linces, perezosos, titís leoncito, zorros del desierto y lémures.
En Latinoamérica, la mayoría de los países solo exporta de manera legal peces ornamentales, un grupo al que todavía miramos con poca preocupación y algo de desdén. La gran excepción es el Perú, que, desde hace un par de años, se especializa en la exportación de tortugas, «los animales más explotados y abusados del mundo», como afirman los autores del libro Turtles of the World. Las Ferreyra son en gran medida las responsables del crecimiento de ese negocio.
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A las 7 de la mañana del 8 de diciembre de 2023, Néstor Pérez Fachin, la persona encargada de coordinar las exportaciones de las empresas, que, según la fiscalía eran usadas por Los Peludos, se vio obligado a contactar con urgencia a Francisco Ferreyra Ahuanari, hermano menor de Milagros y Lita. Los presuntos miembros de la organización no lo sabían, pero sus teléfonos estaban intervenidos.
Pérez Fachín le advirtió que un cargamento de tortugas taricayas y matamata que salía de Iquitos hacia Lima iba a ser inspeccionado por las autoridades de Aduanas. Molesto, Francisco lo increpó por lo sucedido y le dijo que hablaría con el jefe de Serfor en Iquitos para que no tocaran la caja con las tortugas. «Pero no, no andes haciendo mucho, mucho, levantando polvo, puta, van a pensar que estás escondiendo algo ahí», respondió Pérez Fachin.
Minutos más tarde, Francisco habló por teléfono con otra persona. «Ese cabrón de Néstor por las puras ha pagado tres mil dólares», dijo. A pesar de ello, el cargamento había sido enviado al canal rojo de aduanas, por lo que estaba en fila para inspección. «De nada sirve entonces su paga, digo». Antes, siempre que hablaba y pasaba dinero los cargamentos salían en verde, se quejó.
Pérez Fachin dedicó gran parte de la mañana a aplacar los ánimos de los supuestos miembros de Los Peludos. Llamó a Milagros y, hacia las 11, volvió a hablar con Francisco. El hermano menor de las Ferreyra le advirtió que debían tener cuidado. «Las [cajas] premiadas es tres, cinco, siete y nueve… Caja uno: los albinos», le dijo.
El vuelo de Iquitos logró salir, en gran parte gracias al cabildeo de Milagros («Tú sabes, cuando jodo, jodo, jodo, jodo», le explicó ese día a un empresario), pero los problemas apenas estaban empezando. A mediodía, luego de presuntamente pagar dos mil dólares para que la carga llegara a Lima, Francisco recibió la noticia de que aduanas se disponía a abrir las cajas tres, cinco y nueve. (El dinero del que se hablaba en las interceptaciones, de acuerdo con Francisco, era un pago a la aerolínea para facilitar la salida del cargamento).
Según lo que podía entender de sus fuentes en la capital peruana, Serfor se había percatado de las tortugas albinas en la caja uno. La exportación de estos animales no era igual a las demás. Ferreyra Fishes & Turtles E.I.R.L., una empresa de Lita, había tramitado la documentación necesaria para enviar 13.779 tortugas taricayas y 500 matamata, un quelonio con rostro de víbora y caparazón aplastado, a Golconda Import & Export Trading Company, una compañía con base en Hong Kong especializada en la venta de reptiles. (Golconda no respondió a los correos enviados para hablar sobre el tema).
El día anterior al vuelo, Sunat y Serfor habían aprobado el cargamento, que en principio se limitaba a esas dos especies y no incluía ningún ejemplar albino. Esto era importante. Los precios declarados de las tortugas y, por consiguiente, los impuestos cobrados al cargamento dependen de su rareza: una taricaya común se consigue con relativa facilidad en tiendas de mascotas alrededor del mundo y puede costar entre 80 y 400 dólares, dependiendo del país. Una taricaya albina, en cambio, se consigue solo por encargo y su precio usualmente supera los cuatro mil dólares.
El hallazgo de las tortugas albinas en la caja uno era un tropiezo importante, pero no era la principal preocupación de Francisco. Milagros afirma que ella regala muchas de las albinas a sus socios internacionales, por lo que, en este caso, por ejemplo, no era necesario declarar su envío. La revisión de las cajas tres, cinco y nueve, «las premiadas», era el verdadero problema. Una fortuna se escondía en esos contenedores y, en principio, solo lo sabía el puñado de personas que habían estado presentes durante la carga de las tortugas.
Alarmado, Francisco llamó a un familiar para contarle sus sospechas. «Por ratos digo que puede ser de este celular también», le dijo. «¿Del que estás hablando ahorita?», le preguntó la mujer. Francisco asintió y ella le sugirió que la llamara desde el otro número. «No tengo saldo», respondió resignado el hermano menor de las Ferreyra.
Pero la suerte pareció sonreírle a los Ferreyra al día siguiente. Por alguna razón, la carga de 16 piezas con 419 kg de tortugas taricaya y matamata voló de Lima hacia su primera escala en Bogotá sin más percances. Allí pasó la inspección rutinaria y siguió su camino hacia Turquía y luego a Hong Kong, su destino final, en los vuelos TK 0801 y TK 0070 de Turkish Cargo, la división de transporte aéreo de Turkish Airlines. De acuerdo con los registros de esa empresa, las tortugas aterrizaron en el aeropuerto de la ciudad hacia las 5 de la tarde del 11 de diciembre. La operación había salido más costosa de lo esperado, pero todo parecía estar en orden.
El golpe llegó el 14 de diciembre, a través de un comunicado de prensa del gobierno de Hong Kong. El Departamento de Agricultura, Pesca y Conservación (AGCD) de esa región administrativa de China anunció el decomiso de casi 500 tortugas. Contrario a lo que se decía en las actas y los documentos tramitados por Ferreyra Fishes & Turtles E.I.R.L., no todas eran taricayas o matamatas.
Entre las más de 14.000 tortugas, la AGCD había encontrado 492 chimpiro (Podocnemis erythrocephala), reptiles similares a las taricayas con cabezas manchadas de rojo en lugar de amarillo. A diferencia de las primeras, las chimpiro hacen parte del Apéndice II de CITES, por lo que necesitan un permiso especial para su exportación. Según las autoridades de Hong Kong, el lote de las tortugas de manchas rojas estaba avaluado en aproximadamente tres millones de dólares.
Lita, a quien pertenecía el cargamento, me dijo que se sorprendió cuando salió la noticia de la incautación. Según las actas, el envío se revisó al 100% en Iquitos y Lima, así que no sabe qué pasó. Le consulté si tenía alguna idea de cómo las chimpiros llegaron a su cargamento o si había investigado el tema, pues lo ocurrido hacía daño a la reputación de la empresa. Lita dijo que no conocía la especie y que no tenía ninguna hipótesis sobre lo sucedido.
Francisco y Milagros, quienes participaron en una entrevista junto al abogado Ricardo Mellarez Alvarado y su hermana, afirmaron que la investigación se basa en malas interpretaciones y errores de la fiscalía. Las cajas «premiadas» por ejemplo, se refieren a aquellas que se revisaron al 100%, dicen. Así llaman en Iquitos y entre ellos a esos cargamentos que se inspeccionan por completo. Ninguna de sus empresas está involucrada en el tráfico de especies, me dijo Milagros.
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En 2021, el portal Insight Crime reportó la existencia de las primeras investigaciones por tráfico de especies en contra de las hermanas. Dos años más tarde, las empresas de las Ferreyra intentaron ampliar sus exportaciones incluyendo la venta de perezosos extraídos del bosque para ser llevados a los Emiratos Árabes Unidos, pero el envío fue intervenido por las autoridades.
Luego, en 2024, el Juzgado de Extinción de Dominio de Loreto aprobó el embargo de ocho inmuebles de Milagros, avaluados en alrededor de un millón de dólares. La medida se sustentó en una investigación de la Unidad de Inteligencia Financiera de la Superintendencia Nacional de Banca, Seguros y AFP, que halló que, entre 2014 y 2017, MF Tropical Fish E.I.R.L. y MF Turtles & Tropical Fish E.I.R.L., dos de las empresas de Milagros, declararon ingresos por poco más de seis millones de dólares por exportación de fauna, a pesar de que las consignaciones del extranjero sumaban más de 10 millones. Milagros, además, recibió otros dos millones de dólares en sus cuentas personales, de acuerdo con la Fiscalía.
La defensa de la empresaria aseguró durante el proceso de extinción de dominio que se trataban de anticipos de clientes en China, pero, en primera instancia, informes periciales incorporados por la fiscalía argumentan que se trataba de un caso de lavado de activos. No obstante, en septiembre de ese mismo año, la Sala de Apelaciones Especializada en Extinción de Dominio de La Libertad declaró nula la sentencia por errores técnicos en el proceso y archivó el caso.
Las hermanas se defendieron en cada ocasión. Al tiempo, medios de comunicación en Loreto y Lima publicaron historias para apoyar a las empresarias y atacar al fiscal, entidades públicas como Serfor y a organizaciones no gubernamentales. Milagros también incrementó su apoyo a las comunidades, donde la gente le tiene mucho cariño (más de 150 la apoyaron durante la investigación por extinción de dominio). Durante la pandemia, donó miles de kits médicos a los grupos con los que trabajaba. También financió viajes a grupos de estudio de la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana y aprovechó para contratar a funcionarios del Gobierno Regional de Loreto y las áreas protegidas que antes se encargaban de fiscalizarla.
En 2022, Milagros se lanzó como candidata a Vicegobernadora Regional de la mano del movimiento Juntos por Loreto, fundado por Jorge Meléndez Celis, hermano del exgobernador Fernando Meléndez, investigado por delitos ambientales y corrupción. La mayor de las Ferreyra no ganó las elecciones, pero estableció relaciones con la clase política. Pronto empezó a aparecer en reuniones públicas con el entonces congresista Jorge Morante, de Fuerza Popular, el partido de la nueva presidenta Keiko Fujimori, y, según la Fiscalía, impulsó a través de encuentros privados la designación de Allan Reinhard Flores Ramos, como director de Gestión Sostenible de Patrimonio de Fauna Silvestre del Serfor.
Dos años después de la incursión en política de Milagros, su hermana Lita fue precandidata a diputada por Fuerza Popular. A pesar de acompañar a la hoy jefe de Estado en varios eventos, tampoco ganó. (La fecha del operativo del 16 de julio se coordinaron para que ocurriera antes de la posesión de Keiko, según dos fuentes).
Las campañas políticas contribuyeron a que Milagros se volviera una figura pública en Iquitos: cuando en 2024 alguien la grabó peleando con una empresaria de esta ciudad durante una clase de baile en el Club de Tennis, el video se hizo viral y fue reseñado en portales locales. Varias personas me mostraron fotos de una fiesta de cumpleaños en la que aparece en vestido de gala, sentada en un trono de terciopelo rojo. Detrás hay una pancarta con fotos de Elvis, Michael Jackson, Beyoncé y la película Titanic, bajo el título «Hollywood Milagros». En la foto, sonríe sobre el trono.
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De acuerdo con la Fiscalía, los hechos por los que ahora investigan a las hermanas Ferreyra se remontan a 2010. Ese año, presuntamente, comenzaron a experimentar con diferentes métodos para exportar todo tipo de animales.
El caso de las tortugas chimpiro, en Hong Kong resume una de las formas de exportación que ahora investigan las autoridades. La fiscalía lo resume así: las empresas legales de las Ferreryra obtienen permisos de exportación para ciertas especies o ejemplares y luego, a la hora de embarcar, los intercambian por otras de mayor valor. En lugar de taricayas comunes y corrientes, envía taricayas albinas o especies similares, como las chimpiro. Para evitar que las autoridades se den cuenta del cambio, según la misma fiscalía, agendan las inspecciones poco tiempo antes de la salida del vuelo, lo que impide que Serfor o Sunat haga una revisión concienzuda.
También se aprovechan de la falta de conocimiento de la policía para diferenciar los tipos de especies de quelonios, peces o lagartos. La fiscalía también plantea que detrás de estas negociaciones podría haber pago de sobornos a los agentes oficiales, y mencionan como prueba, las interceptaciones telefónicas realizadas a Francisco y otros miembros de la organización.
La documentación oficial que las hermanas entregaron a las autoridades para exportar las tortugas a Hong Kong menciona que las tortugas que se vendieron en diciembre de 2023 provienen de sus zoocriaderos y de la Reserva Pacaya Samiria, donde grupos de manejo tienen permiso para comercializar y liberar taricayas, como parte de un programa que inició en 1994. Pero el expediente judicial que autorizó la intervención de las hermanas, plantea que se usaban otras fuentes de origen para nutrir sus envíos.
La Fiscalía siguió paso a paso la exportación de las tortugas a Hong Kong. Según el expediente, varios ejemplares de las tortugas albinas y manchadas, no nacieron en cautiverio, sino que fueron extraídos desde diferentes cuencas de la Amazonía, para luego ser «lavadas» con la documentación de las empresas de las hermanas. A esto se suman otras inconsistencias en los datos entregados por los zoocriaderos de las Ferreyra. Durante varias temporadas, las hermanas declaraban siempre el máximo número de huevos posibles de las taricayas o matamatas y nunca registraban muertes.
Las Ferreyra atribuían esas anomalías a sus cuidados y a la calidad de sus instalaciones, pero veterinarios y zootecnistas afirman que esto es prácticamente imposible, sobre todo al trabajar con volúmenes tan grandes. Por más cuidados que se presten, los nacimientos no siempre son ideales y uno que otro animal muere. En una de las conversaciones interceptadas por las autoridades, Milagros Ferreyra se refiere a estos números y le dice a su hermano Francisco: «Por lo menos hay que poner que se han muerto cincuenta […]: así una estrategia para que no digan que no muere ni uno».
En la entrevista con su abogado, Milagros dijo que la llamada no incluye el contexto completo y que estaba hablando en tono sarcástico. Sobre las muertes, afirmó que se trataba de una información de oídas de un biólogo que luego se retractó. Añadió que sus empresas cumplen con todas las regulaciones que exige la ley y nunca han participado en «lavado» o «blanqueo» de ningún animal. La verdadera empresa criminal está dentro del Gobierno, dice Milagros.
«Los zoocriaderos son fachadas», lo resumió una fuente de una entidad estatal que participó en la investigación de la Fiscalía. Compran todo tipo de animales. Los más raros y costosos los camuflan en envíos con volúmenes enormes, como el de Hong Kong, y muchos de los comunes se lavan a través de los zoocriaderos. «Es un negocio redondo», afirmó.
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El sábado 18 de julio, agentes de la Diviac escoltaron a Milagros y Lita Ferreyra en un vuelo de Iquitos a Lima. Horas antes, grupos de personas protestaron contra el arresto de las hermanas frente a la casa de Lita. Portales en Facebook, como Amazonía Noticias, enviaron comunicadores la mañana misma de la operación. En su cobertura, acusaban a oenegés extranjeras de estar impulsando la intervención y, hablaban de una «persecusión» en contra de «exitosas empresarias loretanas dedicadas al aprovechamiento sostenible de la fauna silvestre». En una de esas noticias, sin preguntarme, me señalaron de ser parte de esas «oenegés extranjeras» y de haber coordinado el operativo. (No es el caso: durante la intervención fiscal del 16 de julio, no participó ninguna oenegé y a duras penas me dirijo a mí mismo).
En realidad, la operación contó con el apoyo de la oficina del Servicio de Pesca y Vida Silvestre del gobierno de los Estados Unidos. En la zona, también estuvo Jannet Cisneros, funcionaria del Serfor, quien tenía la tarea de contar los animales que se encontraban en los depósitos y zoocriaderos de las hermanas y cotejar las cifras con los permisos de exportación solicitados a la entidad.
En la casa de Lita, luego de drenar el pozo central, se hallaron alrededor de 3.400 taricayas. Sin embargo, las empresas de las hermanas habían solicitado permisos por decenas de miles. En general, había menos animales de los reportados al Organismo de Supervisión de los Recursos Forestales y de Fauna Silvestre (Osinfor), la entidad encargada de fiscalizar y monitorear el aprovechamiento de los recursos renovables.
Osinfor tiene el deber de, cada cierto tiempo, ir y revisar la cantidad de animales y su estado. Pero los informes públicos muestran que esto no ocurría. Por la dificultad que suponía contar semejante cantidad de tortugas, se tomaba, sin más, el número ofrecido en una declaración juramentada por el representante legal de la empresa.
Había otros indicios. Uno de los depósitos administrados por las Ferreyra, por ejemplo, había desaparecido. Según el guardia de la propiedad, hacía alrededor de un mes habían tumbado la construcción y pasado un tractor por el terreno, donde ahora el único animal silvestre era un sapo marrón camuflado entre el lodo. En otro, ubicado en la Calle Camelias, había más de 220 pollos de engorde en piscinas vacías, a pocos pasos de allí, unas 600 tortugas de al menos cinco especies y una solitaria arawana que nadaba en círculos en un tanque.
El operativo en contra de las Ferreyra era el tercero en menos de un año, realizado en el marco de la lucha contra el tráfico de fauna en la capital de Loreto. Los dos anteriores, en contra de dos grupos a los que la policía llamó Los Depredadores del Oriente (liderado, según la fiscalía, por el empresario español Juan Ramón Morillas), Los Cachetones (a cargo de un hombre de negocios chino llamado Ting Yu). Ambos casos también continúan en investigación.
Una nota del 27 de enero de 2026 sobre el arresto de Yu incluso advertía a las hermanas de lo que estaba por venir: «De acuerdo a [sic] las fuentes, las autoridades seguirán con próximas intervenciones en dónde [sic] tendrían en la mira a una conocida empresa de exportación de taricayas».
Morrillas hizo negocios con Lita Ferreyra (los perezosos detenidos en 2023, por ejemplo, provenían del zoocriadero del español) y Ting Yu es un amigo cercano de las hermanas. Las investigaciones en su contra tenían el mismo origen: una fuente anónima que motivó al Servicio de Pesca y Vida Silvestre de los Estados Unidos a apoyar a las autoridades peruanas con tecnología y recursos para interceptar las comunicaciones de los principales exportadores de fauna. En el caso de las Ferreyra, bastaron un par de meses de escuchas para hallar cuatro hechos presuntamente delictivos y organizar el expediente de más de 400 páginas que la Fiscalía presentó a un juez en julio.
Poco después de su arresto, Milagros y Lita apelaron la orden de detención. El 22 de julio, la Cuarta Sala Penal de Apelaciones Nacional ordenó su liberación, pues consideró que el arraigo de las hermanas en Iquitos impedía considerar un posible riesgo de fuga. La investigación continúa con ambas en libertad, pero pasó a manos de las Fiscalías Especializadas en Materia Ambiental, luego de una desafortunada entrevista del fiscal del caso en el canal Willax, que a comienzos de septiembre publicó un especial cuestionando el operativo.
Milagros niega todas las acusaciones en su contra y dice que nacen del resentimiento y racismo que sienten funcionarios públicos al ver como una mujer indígena logró prosperar, al tiempo que ayuda a las comunidades. El 24 de julio, ya libre, tomó un vuelo de regreso a Iquitos. Su madre, otros familiares y simpatizantes la recibieron en el aeropuerto con un ramo de rosas, música y vítores. «Es un refrito de todo», le dijo a los medios locales que la habían apoyado y ahora la esperaban, «con más apoyo de las autoridades que no quieren el progreso en Loreto». Con el rostro serio, repitió que todo su trabajo y el de su hermana se ciñe a las leyes del Perú y que la justicia, como antes, les dará la razón. Al terminar su intervención, sonrió.
