Era una caja común y corriente. De cartón, rectangular, del tamaño de un microondas pequeño. Tenía restos de cinta transparente en los bordes, algunas abolladuras en las solapas. En ambos costados, el logo de Colanta. A su alrededor, textos publicitarios y estampas de control de calidad. Mejor dicho, una caja de bolsas de leche como cualquier otra. La miramos por unos segundos, en silencio. No parecía ser lo suficientemente grande para contener nuestra emoción. En su interior había por lo menos mil papeles desconocidos de Fernando Molano Vargas.

Esa mañana yo había recibido una llamada de Juan David Correa, el entonces director literario de la editorial Planeta. Quería que me pasara por su oficina. Me contó, sin entrar en muchos detalles, lo que acababa de recibir. Le respondí que me diera unas horas, que apenas pudiera saldría para allá. No lo podía creer. Por la tarde me monté en mi bicicleta y recorrí las cincuenta cuadras que separan mi casa de la editorial. «¿Qué pudo haber aparecido?», me preguntaba con algo de desconcierto mientras atravesaba la carrera Séptima.

En 2019 y 2020, cuando trabajé como editor de ficción en Planeta, Juan David y yo reeditamos el fondo de Molano: las novelas Un beso de Dick y Vista desde una acera, y el poemario Todas mis cosas en tus bolsillos. También le encargamos al escritor Pedro Adrián Zuluaga una biografía, que salió a finales de 2020 con el título Todas las cosas y ninguna. En busca de Fernando Molano. Fue una labor hermosa: pudimos reunir en un mismo sello (Seix Barral), en tapa dura y con una línea gráfica pensada por la diseñadora Natalia Mustafá, la obra de un escritor que hasta entonces había circulado sobre todo en ediciones de tirajes bajos y en fotocopias. Fue la oportunidad, en otras palabras, de colmar las librerías del país con los libros de uno de los secretos mejor guardados de la literatura colombiana reciente.

Gracias a Pedro Adrián, sabíamos de la existencia de dos cuentos poco conocidos de Molano: «La boca» y «Lo bello y las mariposas». Después de la publicación de Todas las cosas y ninguna, los tres pensamos que los dos relatos se podían sacar en un libro de formato pequeño. ¡Una última acera para esa ciudad de esquinas y ventanas que es la obra de Molano! Pero la conversación se dilató. La pandemia había trastocado los planes de la editorial y los correos intercambiados pronto se hundieron en las profundidades de la bandeja de entrada. Fue entonces cuando recibí la llamada de Juan David, en septiembre de 2021. Jorge Alberto, uno de los hermanos de Fernando y el albacea de su obra, se había presentado en las oficinas de Planeta cargando una caja de cartón…

En su despacho, Juan David y yo revisamos los papeles. Hicimos una clasificación preliminar. La cantidad de escritos era apabullante, casi insólita. Había unos a máquina, otros impresos, algunos argollados, muchos a mano. El número de registros también nos tomó por sorpresa. A vuelo de pájaro pudimos identificar poemas, relatos, reseñas, cartas, notas sueltas, órdenes médicas, recibos, guiones, fotocopias, pruebas de galera, manuscritos, libros académicos, tareas para el colegio, para la universidad, incluso un dibujo en papel mantequilla de un muchacho con un ojo morado. En medio de la maraña de papeles, un manuscrito sin autor o título nos llamó la atención. Tenía por lo menos trescientas páginas, nítidamente empacadas en un sobre de manila. ¿Sería una novela inédita de Molano?

Juan David me dijo que fuéramos un paso a la vez. Me pidió que, por el momento, solo me llevara ese libro a casa para leerlo. Eso hice, pero mi entusiasmo pronto se esfumó. No tardé en darme cuenta de que se trataba de una traducción de El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald. Borrón y cuenta nueva. A los pocos días regresé a Planeta, esta vez en carro, para llevarme la caja de Colanta con todos los papeles. Juan David me había propuesto que repasara en detalle las más de mil páginas para ver si había suficiente material como para armar un libro nuevo. Dije que de una, claro. Salí de la editorial en dirección de la Panamericana. Quería comprarme un archivador y unos ganchos de colores. Lo primero era buscar claridad. Ordenar el archivo.

No fue una tarea fácil. Muchos textos estaban incompletos, otros estaban desparramados. Encontré versiones (parciales y desordenadas) de Vista desde una acera y de Todas mis cosas en tus bolsillos. Encontré una fotocopia del poema «El tango» de Borges y un cuaderno oliva con una lista de canciones de Nina Simone. Pasé días enteros sentado en el piso, con la espalda encorvada, un halo de papeles a mi alrededor, mientras mis manos cotejaban versiones, sostenían a la altura de los ojos textos minúsculos y sumaban títulos al inventario. Cada texto nuevo era una fuente de alegría. Cada uno despejaba, por unos segundos, la niebla que envuelve (y que ha de envolver) a Molano. Descubrí, por ejemplo, la admiración que él sentía por el escritor cubano Virgilio Piñera. En la caja había fotocopias de los ocho relatos que componen Cuentos de la risa del horror, así como dos ensayos largos, de terceros: «Piñera, narrador» y «Virgilio Piñera: la vida vive». En la última (¿primera?) página del cuaderno oliva, Molano escribió lo siguiente:

… sus historias nos hechizan. Pues la incordura es también un camino válido para conocernos; más rudo, sí, pero no menos placentero cuando lo atravesamos de la mano de un maestro en el arte de narrar. Piñera sabe que la literatura, más que un reflejo de la realidad, es un intento por hallar el sentido de la vida que se ha refugiado en las minucias de la existencia (esa otra que es quizás la locura por excelencia). Y no está demás, como en Cuentos fríos, darle una buena sacudida al frasco de este mundo, a ver si por algún lado aparece la respuesta.

La lectura del archivo me llevó a imaginar a Molano —solo, de noche, siempre cerca de alguna ventana— puliendo sus escritos. Mientras repasaba las muchas versiones preliminares de Todas mis cosas en tus bolsillos en busca de algún poema descartado (no encontré ninguno), me emocionó descubrir las correcciones que él les hacía en esfero y también las líneas que decidió suprimir. Una supresión, en particular, me llamó la atención. Es del poema «Con estos deseos de verte», que aparece en la página 33 de la edición de Seix Barral. En uno de los borradores, ese poema empieza con el verso «Son como argumentos de Berkley», en alusión, sin duda, al famoso experimento mental del árbol que cae en el bosque. ¿En qué instante habrá Molano eliminado ese verso, desanudando su fuerte atadura filosófica, insuflando al poema de libertad? Para que quedara así:

Son como argumentos de Berkley
Ese bus que va para tu barrio
las monedas que no tengo en mi bolsillo
por consiguiente
las calles que hoy no caminaremos
los besos que no te daré entretanto
—la vida en sí
en cada miseria

Meses después, cuando terminé de ordenar el archivo, empecé a subrayar en el inventario los textos que podrían hacer parte de este libro. No eran muchos, pero sí los suficientes como para que se empezaran a formar dentro de mí una serie de preguntas incómodas. La primera: a la hora de seleccionar los escritos, ¿debía pesar más un criterio estético o un criterio divulgativo? Las demás preguntas se desprendieron de la primera, como piedras en una avalancha: ¿valía la pena incluir, por ejemplo, textos académicos en los que se aprecia la sensibilidad de Molano, o era mejor ceñirme a los que tuvieran valor literario? ¿Debía incluir todos los textos de ficción, incluso los incompletos o los que estaban llenos de tachones, para que el lector pudiera conocer la evolución de Molano; o, en cambio, era preferible asumir que él de alguna forma los había descartado? Si ese era el caso, ¿no sería un error de mi parte publicar unos escritos que él había preferido consignar a la oscuridad de una caja de cartón?

A la hora de armar este libro, solo puedo decir que me dejé guiar por mi intuición de editor (y de lector). Y que esa intuición se inclinó, en la mayoría de los casos, hacia el lado de la belleza. ¿Qué quedó, entonces, por fuera? Para empezar, como es natural, descarté todo lo que no es de autoría de Molano y todo lo que, siendo suyo, ya está publicado (como una versión a mano del poema «V.I.H.» y una del hermoso ensayo «Todas las cosas y ninguna», que aparece en las últimas páginas de Vista desde una acera). También quedaron por fuera los papeles burocráticos y los trabajos para el colegio y la universidad. Asimismo, omití (casi todos) los textos inconclusos y los que tienen tantas correcciones como para que su lectura resulte inteligible. Esto me llevó a prescindir, entre otros, de un cuento escrito a máquina titulado «Lucía está sentada junto a la estufa», así como de dos ejercicios para una clase de cine: una escaleta titulada «El mago» y un videominuto.

Y bueno, ¿qué quedó?

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Lo bello y las mariposas, Fernando Molano Vargas, 2023, Seix Barral

Cuentos

El libro abre con cinco cuentos. El orden en el que aparecen no obedece a una cronología (en el archivo ninguno tenía fecha de composición), sino a la extensión, que va de menor a mayor. Los primeros tres son, en realidad, microrrelatos. El primero de ellos, «Cuadros», es el único que estaba escrito a mano. Es un texto al que Molano volvió una y otra vez: encontré cuatro versiones en la caja, en papeles pequeños, con letra apretada. El cuento incluye quizás la primera alusión literaria de Molano a Oliver Twist, un personaje que, como sabrá todo molanólogo, ocupa un lugar privilegiado en su historia como lector y como escritor.

Oliver Twist será mi príncipe. Pero no ahora, porque Oliver Twist vivía en la acera de enfrente y ya no vive. Además, no sería bueno que viniera hoy porque el corredor se ve deforme; parece un cuadro de Van Gogh.

En «Soy un niño…», el segundo, Molano se pregunta por la habitación propia y dramatiza la distancia que crece entre padres e hijos durante el paso de la infancia a la adolescencia. Las frases son cortas y punzantes, y se leen como proposiciones lógicas; algo en ellas, me parece, recuerda a ese tono de aparente ingenuidad que recorre Un beso de Dick. Una versión de «Soy un niño…», de hecho, aparece en Vista desde una acera, pero me pareció que esta merecía publicarse por ser más incisiva y, por eso mismo, más poética.

El tercer cuento, «No sé cómo explicarlo…», tiene como protagonista a un hombre que contempla suicidarse después de ser abandonado por su amigo. En la soledad de su habitación, mira a su alrededor con desconcierto: el orden de los objetos desentona con el remolino emocional que gira en su interior. El hombre escribe lo que siente, y es en ese ejercicio donde encuentra un interlocutor (él mismo) para analizar su situación. Es llamativo que los tres microrrelatos privilegian el cuarto como escenario narrativo, como lo harán otros textos acá incluidos.

«La boca», el cuento que les sigue, ganó un premio en el Concurso Nacional de Cuento de Proartes, en 1987. Ese mismo año apareció en Tachones, un boletín que surgió de un taller de literatura al que asistió Molano en la Universidad Pedagógica. El relato tiene una estructura episódica, algo opaca, y retrata un choque generacional. Por un lado, conocemos a don Parra, un hombre mayor, antiguo militante de izquierdas, que se encuentra deprimido y asediado por los recuerdos de su esposa muerta. Por el otro, a su hija, Matilde, una adolescente que vive un triángulo romántico con dos muchachos, Carlos y Felipe. La brecha entre don Parra y los adolescentes tensa la historia. Y produce la confrontación, entre la desilusión y el entusiasmo, entre la rabia y el deseo.

El cuento que cierra esta parte del libro, y uno de los mejores relatos que he leído en mi vida, se llama «Lo bello y las mariposas». La historia que relata transcurre en un cuarto de motel, donde un estudiante universitario y una mujer de cuarenta y dos años han ido a parar. El ambiente está cargado de tensión. Cada uno evalúa y anhela al otro. Los lectores tenemos acceso a los pensamientos de ambos, pero sobre todo a sus palabras. El extenso diálogo, salpicado de humor y lleno de sutilezas, encauza la trama. Los dos personajes participan en un tire y afloje verbal donde el deseo, maleable, se asoma, se insinúa, se cristaliza. Es el texto, en mi opinión, de un escritor en estado de gracia. Además, ¿existe en la literatura colombiana alguien que haya manejado con tanta destreza, y que haya explorado con tanta sensibilidad, las posibilidades poéticas de la ortografía como lo hizo Molano?

Todo le sugiere a ella que tal vez se trate de un novicio en lo que preciosamente llama lo nocturno. Casi virginal su figura; los gestos, su manera de no detener la mirada en ella, la pequeña distancia que los separa… ¿Cuál será su precio?, a propósito. Bueno, será cosa de saberse cuando todo concluya. Por lo demás es algo que… ¡En fin!; por ahora esta grata contemplación de su… ¿inocencia?

Un guion y una semihistoria para semicine

El cine ocupó un lugar importante en la vida de Molano; no por nada es la carrera con la que sueña Felipe, el personaje de Un beso de Dick. Hacia el final de su vida, en 1997, el mismo Molano empezó a estudiar Cine y Televisión en la Universidad Nacional de Colombia, aunque debió retirarse antes de terminar el segundo semestre porque su condición de seropositivo se agravó. De esa breve incursión en el cine, asumo, surgieron estos dos textos.

El primero se titula «Fiebre arriba de 40°» y tiene una trama sencilla. En la primera escena, Lucía, una estudiante de universidad, llega al cuarto de su mejor amigo, Daniel, para contarle que ha quedado embarazada. En la segunda, Daniel tiene un encuentro furtivo con un hombre casado. En la tercera, los dos amigos se vuelven a reunir para discutir la situación de ambos. Solo basta con leerlo una vez para saber que Molano hubiera sido un guionista de miedo: no solo porque logra crear personajes convincentes y conmovedores en unas pocas pinceladas, sino porque hace que lo complejo parezca sencillo. En «Fiebre arriba de 40°», la complejidad está atada al deseo, y a las múltiples direcciones en las que este apunta a lo largo de la historia.

El segundo texto, «La cámara de los juegos prohibidos», tiene el siguiente subtitulo: «(Semihistoria para semicine en un solo semiplano)». Es una pieza de increíble fuerza para su brevedad, de apenas una página. En el comienzo de la historia, un niño atraviesa una calle sórdida y golpea en una puerta «empotrada en un muro de ladrillo sucio y pintado de grafitis». El contexto apunta a que el niño va a entrar a un recinto de lo nocturno, para tomar prestadas las palabras de la mujer de «Lo bello y las mariposas». Molano, sin embargo, reimagina el espacio: se trata de un lugar a donde los niños van para que les ayuden a reparar las heridas de la infancia.

Poemas

Fue una sorpresa encontrar veintitrés poemas inéditos en la caja de Colanta. El que abre esta sección se llama «Esas cosas que envidio», y está dedicado a Luis Jorge, el último amor de Molano. Escrito a mano, tiene como protagonista a un amante ignorado que ve cómo el objeto de su amor prefiere dedicarle su atención a un muchacho que conoció hace veinte segundos. El lector tendrá más claves para analizarlo cuando lea la «Carta a Ricardo», incluida en la sección de cartas. El segundo poema, «Cierre», trata sobre los meses que siguen al final de una relación, y sobre ese primer reencuentro entre los amantes después de que todo ha terminado.

A estos dos les siguen tres poemas cortos que encontré en el revés de otros textos. Son, quiero pensar, fogonazos creativos que Molano no editó y que surgieron en un momento inesperado: en una aula de universidad, en algún salón de la Luis Ángel Arango. Los primeros dos, al igual que «Esas cosas que envidio» y «Cierre», comparten algunos elementos formales con los de Todas mis cosas en tus bolsillos. Me refiero, puntualmente, al uso del sangrado y a la tendencia que tenía Molano de dividir una oración a lo largo de varios versos, en fragmentos de una o dos palabras. Uno de estos poemas estaba en la parte de atrás de una cuenta de cobro vacía del Banco de la República:

Pero el muchacho feo guarda en su corazón
                el deseo.

En el cine, alrededor suyo,

ha venido solo

Los diecisiete poemas restantes hacen parte de un mismo proyecto, a juzgar por el hecho de que fueron redactados a máquina en hojas del mismo formato y que en la caja estaban juntos. En un comienzo me causaron desconcierto porque ciertas frases me parecieron inusuales. ¿Eran de alguien más? ¿Debía incluirlos? Confundido, llamé a Pedro Adrián. Después de escucharme pacientemente, despejó mis dudas en unas pocas palabras. Me explicó que en algún momento Molano quiso escribir unos poemas de amor tan populares como los de Pablo Neruda. De repente, todo encajó: la frase «mis ojos oceánicos», que encontré en uno de los poemas, ya no tenía por qué atormentarme. En este libro salen reunidos bajo el subtítulo de «Poemas populares».

Cartas

Todas las cartas acá incluidas son de los últimos dos años con vida de Molano, y aparecen en orden cronológico (si bien dos no están fechadas y tuve que imaginar un lugar para ellas dentro de la cronología). La primera, «Carta a la Universidad Nacional», es la única que no es personal, y la incluí sobre todo para darle una idea al lector del momento profesional que atravesaba Molano en ese momento: por esas fechas, él ya había publicado Un beso de Dick, tenía la intención de publicar los poemas de Todas mis cosas en tus bolsillos y se había ganado la beca de Colcultura para escribir Vista desde una acera. Se trata de una misiva formal, que él manda al Consejo Superior Universitario de la Nacional con la esperanza de volver a estudiar allá. Es una carta que, por otro lado, evidencia las dificultades económicas que lo llevaron a dejar la universidad en más de una ocasión.

La segunda misiva, «Carta a Ricardo», escrita apenas dos meses después, contrasta drásticamente con la primera por la manera como nos adentra de lleno en la esfera de la intimidad. El destinatario, Ricardo, era la pareja formal de Luis Jorge, al que ya conocemos como el último amor de Molano. La larguísima carta (de dieciocho páginas) está atravesada por emociones como el despecho, la confusión, la rabia y la frustración. En ella, Molano se pone en la tarea de narrarle a Ricardo la totalidad de su relación con Luis Jorge. El contenido de la carta es tan sincero como es esmerada su ejecución: Molano la divide en escenas, incluye diálogos, viñetas, asteriscos. Es una carta escrita por un amante desconsolado, y es al tiempo un sentido reclamo por la dignidad en el amor.

Debo confesar que las demás cartas que acá aparecen no estaban en el archivo. Tres de ellas («Carta a Luis Jorge», «Carta a Gabriel» y «Cuarta carta a Carlos José Restrepo») me las pasó Pedro Adrián; en Todas las cosas y ninguna, él las comenta e incluye fragmentos de ellas. Las otras tres me las mandó el escritor Carlos José Restrepo, amigo de Molano y, antes de eso, uno de los jurados que premió a Un beso de Dick en la primera edición del Premio de Novela de la Cámara de Comercio de Medellín. Todas son ventanas a la intimidad de Molano y todas muestran otra faceta suya como escritor. Al leerlas, no pude sino pensar en la frase que Andrés Caicedo le escribió al crítico de cine Miguel Marías: «Estimulado por tu ejemplo es que renuevo el género epistolar, en donde se puede encontrar, después de mi muerte, algo de lo mejor que he escrito».

Una reseña, un artículo y un comentario sobre Saki

En los meses que pasé revisando los papeles del archivo pensé que encontraría un buen número de reseñas y de críticas literarias. Al fin y al cabo, en algún momento Jorge Alberto Molano le comentó a Pedro Adrián que su hermano había vivido de la literatura. Se sabe, por ejemplo, que durante un tiempo escribió contraportadas para algunas editoriales. Que el manuscrito de El gran Gatsby estuviera en el archivo, y que tuviera correcciones a mano de Molano en los márgenes, también hace pensar que en alguna época trabajó revisando pruebas de galera.

En la caja, sin embargo, solo encontré una reseña, que Molano publicó en el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República en 1992, sobre la novela El vuelo de la paloma, del escritor Roberto Burgos Cantor. En ella, Molano demuestra su agudeza como lector y trasciende los límites de la reseña común y corriente para presentar una especie de clase magistral sobre literatura. En un párrafo nos dice:

Un novelista (verdadero) no analiza la historia, no puede demostrar hipótesis (si intenta hacerlo, no debería enojarse al sospechar que una periodista se lo reprocha). Un novelista tan sólo puede hacerle unas cuantas preguntas a la vida, esa cosa inexplicable, pero cuyo sentido se nos hace inminente en las páginas de una buena novela. Por ejemplo, esta de Roberto Burgos, cantor.

Dos textos más conforman esta sección, que podríamos llamar la de no ficción. El primero es un breve comentario sobre el escritor británico Héctor Hugo Munro (conocido como Saki). El segundo es el artículo de opinión «Tan solo un inquilino», que apareció en un informe especial sobre el sida que hizo la revista Cromos en 1997. En él, Molano reflexiona sobre su experiencia conviviendo con «esa vedette suprema del teatro de los virus», como él mismo llama al VIH, y habla de su experiencia con el sistema de salud del país.

La verdad es que [los médicos] me declararon algo así como clínicamente muerto. No me asusté, lo juro; la muerte nunca me preocupó demasiado: es un suceso inevitable que ocurre cierto día. Pero sembraron en mi corazón algo que desconocía: la incertidumbre acerca de mi tiempo. No se los agradezco. Porque en mí aniquilaron un bello sentimiento que todos tenemos y, en cierto modo, nos sostiene: el de creernos infinitos, aquí, en la vida.

Dos aceras

El libro cierra con dos textos sobre su segunda novela, Vista desde una acera. El que abre el telón es la postulación que Molano presentó para obtener la beca de Colcultura en 1995. El documento, que encontré́ argollado en el fondo de la caja, permite entrever la forma en que Molano entendía su propia obra; además, se puede leer como un ensayo sobre la intolerancia y la epidemia del VIH. Por su lado, el texto final es algo así como una fuga literaria. Es un texto de composición misteriosa, que inicia con el primer párrafo de Vista desde una acera para luego desprenderse de su ruta original y transformarse en muchas cosas a la vez: en una entrada de diario, en una confesión, en un lamento y, sobre todo, en una invocación del amor.

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A lo largo de estos meses, mientras pasaba las tardes sumergido en la caja de Colanta, pensé a menudo en una cita de Ricardo Piglia que Pedro Adrián recoge en Todas las cosas y ninguna. En la cita, Piglia dice que un archivo se puede entender como «una especie de novela policial al revés», en la que «están todos los datos pero no se termina de saber cuál es el enigma que se puede descifrar». Pienso que en este caso particular el enigma tiene nombre propio, el de Fernando Molano Vargas. Pero no por ponerle un nombre quiere decir que yo piense que se pueda —o que se deba— descifrar. Todo lo contrario. Creo que el enigma persiste, y que la función de este libro no es sino la de reunir bajo un mismo techo a muchos Fernandos: al que escribía relatos sobre el deseo, al que anotaba poemas en el revés de las páginas, al que soñaba con rodar películas, al que se dejaba la piel en una carta a la pareja de su amor. Y ahora que entrego este libro, lo que más me emociona es imaginar el Fernando que saldrá de la suma de todos estos Fernandos, en la mente de cada lectora y de cada lector.

17 de octubre de 2022

(en una fría y lluviosa noche bogotana, frente a una ventana, frente a muchas aceras).


*Este texto es el prólogo de Lo bello y las mariposas. Y otros textos, de Fernando Molano Vargas, publicado por el sello Seix Barral de la editorial Planeta en febrero de 2023.**En mayo de 2023, este texto apareció en Diario Criterio, un medio de comunicación que ya no existe.

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