Se llamaba Ciro Velasco y fue padre a los dieciséis años con la única mujer a la que amó. Sin trabajo, se enlistó en el ejército y le prometió a su novia regresar para mantener el hogar. No logró cumplir la promesa. El 3 de agosto de 1998, cuando se hallaba patrullando en Miraflores, Guaviare, la guerrilla de las FARC se tomó el pueblo y se llevó a los soldados que quedaron vivos. En el cautiverio, según relata el entonces joven, fue violado por sus compañeros, otros soldados y policías. Para evitar más ultrajes recurrió a ese rol obligado, el de ser Sandra, la mujer del campamento, y así enamoró a hombres desesperados por el encierro, la ausencia de caricias y la primaria necesidad de sexo.

En el 2001, Ciro murió en el monte y Sandra fue liberada tras un intercambio humanitario. Se prostituyó, aumentó el tamaño de sus pechos y cola con biopolímeros y por años olvidó dónde estaba el ancla que dejó cuando se fue a prestar servicio militar. La madre de su hija, enterada de la libertad y la transformación, la llamó en el 2007 para anunciarle que pronto moriría y encargarle el cuidado de la niña. Sandra abandonó los prostíbulos y el sexo fugaz y se dedicó a criar a ese ser suyo, casi adolescente. Luego los biopolímeros, poco a poco, se adhirieron a su piel, carcomieron y mataron células y vinieron el prurito y el ardor en el cuerpo, una agonía que solo culminaba cuando sobrevenía el sueño.

A finales del 2017, una llamada le dio la esperanza de desprenderse del ardor y la vergüenza de verse con parches oscuros y purulentos. El programa La W, en la voz de Natalia Henao, prometió buscar ayuda para curar la infección y sanar la piel ya necrosada. En cientos de ocasiones la periodista ha servido de puente entre un problema y la solución.

El cirujano Antonio Salgado, miembro de la Sociedad Colombiana de Cirugía Plástica, Estética y Reconstructiva, y en ese momento dueño de la clínica Revolution Wellness Center, de Bogotá, levantó la mano para hacer los procedimientos y asumir los costos médicos. Gran noticia para Sandra, no es fácil conseguir en este país un adinerado altruista. Además de Antonio, el cirujano Mauricio Tascón, con más de diez años de experiencia y cartones similares a los de su colega, colaboraría ad honorem con las cirugías.

Antes de la Navidad de ese año, Sandra fue recibida en la clínica por los médicos, la periodista y un camarógrafo. Se le retiró gran parte de los biopolímeros de los senos y residuos gangrenados. La nota periodística salió al aire con el mensaje: «Varios medios contaron su historia, pero ninguno la ayudó». Era cierto, las tragedias de su vida fueron contadas en prensa escrita y en televisión (entre ellos el elaborado por mí y titulado: «La historia del soldado que se convirtió en mujer», publicado en 2011).

Siguieron seis operaciones más enfocadas en intentar extirpar la infección de los pechos, y en la última le sacaron los biopolímeros de un glúteo; el otro quedó a la espera de una cirugía que fue cancelada cuando el mundo cerró las puertas por la pandemia. Con los senos convertidos en dos colgajos deformes, una nalga desinflada y la otra con el relleno que le producía ardores esperó a que cesara el covid.

Mientras ella aguardaba un nuevo llamado al quirófano, Antonio Salgado, su principal médico y mecenas fue condenado, en el 2021, a 72 meses de cárcel por maltrato físico y verbal en contra de su exesposa. La noticia trascendió de los juzgados a los medios de comunicación y, pronto, a los oídos de Sandra.

El otro especialista atendió el llamado de ella, y con franqueza y pena, al conocer sus premuras económicas, le confesó no tener una clínica ni los insumos para operarla; Antonio era el de la billetera y, dadas las circunstancias, ya no se podía contar con ese dinero ni con los espacios. Ofreció gratis sus habilidades para reconstruirla si la paciente asumía los gastos hospitalarios: alquiler de sala, anestesia, material para sutura, entre otros.  

Sandra vive con la pensión concedida por el Ejército: 1.300.000 pesos. Ese dinero debe alcanzarle para el arriendo, los servicios y la educación, en un colegio privado, de su nieto. Cuando el niño tenía un año, su hija, a la que había criado después de la muerte de la madre, abandonó al pequeño para cuidar de otro hogar y otro hijo.

A sus 43 años no ha logrado conseguir trabajo. Su existencia genera recelo. En los restaurantes es la última en ser atendida. Los meseros suelen esperar a que se marche por hambre y cansancio antes de hablarle (lo viví con ella hace una década). También, en una piscina pública, le pidieron que se fuera, pues se trataba de «un hotel familiar». La fatalidad de muchas transexuales es ser prostitutas o desempleadas; Sandra ya pasó por la primera y considera que ya no tiene la juventud y mucho menos el cuerpo para volver a ejercerla. Tampoco las ganas.   

Hizo cuentas de números negativos para someterse a un nuevo procedimiento. Un poco de hambre durante meses bien valía su salud. En el 2021 pagó alrededor de tres millones de pesos por una cirugía en la que escarbaron y cortaron más pedazos de carne de la zona pectoral. Fue un avance mínimo. Harían falta varias cirugías y millones de pesos más para lograr el sueño que le prometieron gratis, pero que le fue arrebatado por una adversidad ajena.  

Hoy los senos y la cola le recuerdan que su piel sigue muriendo, y aunque el cirujano Mauricio Tascón está comprometido con intervenir su cuerpo sin costo, no cuenta con el dinero para los gastos que se necesitan para recuperar su salud. Sandra quiere, por fin, descansar de las adversidades y del dolor.

casamacondo.co separador casamacondo

Recibe las historias de CasaMacondo

Síguenos en nuestras redes.