Hice el viaje a pesar de las amenazas. Habían encontrado su cadáver a un lado del camino que lleva al mar, entre Turbo y Necoclí, tirado en una platanera. Sus amigos le decían Colombia porque solía ir con la camiseta del equipo de fútbol nacional. Cinco meses antes de que lo asesinaran, el Estado le había devuelto las treinta y ocho hectáreas de tierra que los paramilitares le robaron a su padre en la vereda El Tigre, corregimiento de El Totumo, en el golfo de Urabá. Aquel había sido un día feliz. Él y su familia, acompañados por unas cuarenta personas, caminaron hasta el predio devuelto y tomaron posesión entre abrazos, canciones y un sancocho de gallina que alcanzó para todos. Ese mismo día, Jairo Humberto Echeverry Bedoya, dueño de mil hectáreas en la parte oriental del golfo, les había salido al paso y les advirtió que no llegaran hasta el predio, que él lo consideraba suyo. Esa noche, bajo un cielo de estrellas y cocuyos titilando entre el pasto, con el resplandor del mar allá muy lejos, Colombia les mostró el lugar donde los paramilitares habían fusilado a su padre y a su hermano. Él había logrado huir y no había vuelto hasta ese día, trece años después. El gobierno acababa de entregarle un documento en el que aparecía su nombre: Albeiro Valdez Martínez. Era el acta de restitución y se la mostraba a todos como si fuera un diploma de graduación. En el papel, el Estado se comprometía a restablecer sus derechos. Era letra muerta. Una tarde, días después, dos hombres fueron a su casa y le dijeron que su tierra ya tenía dueño, que no se hiciera matar. Historia repetida. En total, unas siete mil personas estaban esperando la devolución de sus parcelas en Urabá. Hasta entonces, durante el segundo gobierno de Álvaro Uribe Vélez, solo setenta predios, de más de mil que se calculaban en poder de testaferros de paramilitares, habían sido regresados a sus legítimos propietarios. Pero la devolución no garantizaba nada. Cinco meses y dieciocho días después de que el Estado le devolviera las treinta y ocho hectáreas de tierra que los paramilitares le habían quitado a su padre, Albeiro Valdez Martínez fue hallado muerto. A sus vecinos del Totumo les dolió la noticia, pero ninguno se mostró sorprendido. Ni siquiera con todo lo que pasó después. En el acta del levantamiento del cadáver, los peritos de la Sijin dictaminaron que la muerte era violenta. Lo confirmaban los signos de arrastre y los golpes en brazos, cabeza y espalda. Sin embargo, horas después, el médico legista que firmó el certificado de defunción cambió el dictamen. Dijo que había muerto de modo natural. Aún faltaba una última agresión. La Alcaldía de Necoclí firmó un acta de devolución del terreno a un nuevo propietario: el terrateniente Jairo Humberto Echeverry Bedoya. Hasta allá fui, al cementerio de Turbo. Albeiro Valdez Martínez fue enterrado sobre su padre y su hermano asesinados. En la tumba, en vez del nombre que casi nadie conocía, escribieron su apodo, para que no quedaran dudas de que ahí, a trescientos pasos del mar, yacía Colombia.
La sepultura de ColombiaEl campesino Albeiro Valdez Martínez recibió la restitución de sus tierras, pero cinco meses después apareció muerto. El dictamen médico fue alterado y el Estado terminó devolviéndole el predio al terrateniente que lo había amenazado. Por José Alejandro Castaño | Ilustración: Leo Parra
