No hay vuelta atrás. Nada modificará el resultado del domingo. Iván Cepeda reconoció la victoria de Abelardo de la Espriella y asumió la derrota electoral. Tras una elección histórica de veintiséis millones trescientos cuarenta y cinco mil votantes, por una diferencia de apenas doscientos cincuenta mil sufragios, el presidente electo de Colombia es Abelardo de la Espriella. Las reclamaciones e impugnaciones presentadas seguirán su trámite y podrán corregir actas, depurar inconsistencias o invalidar mesas específicas. Pero eso será todo. En el mejor de los casos, quizá logren subrayar la distancia ínfima entre uno y otro candidato. Nada más.
El abogado que hizo de la defensa de criminales de alto perfil un oficio central de su trayectoria pública asumirá la jefatura del Estado. Es una victoria suficiente en términos legales, pero exigua en términos de cohesión. Inexistente como triunfo mayoritario. Más allá de eventuales ajustes tras las reclamaciones e impugnaciones —insuficientes para modificar el resultado del domingo—, la siguiente certeza es que la mitad de los votantes no respalda al presidente electo.
Colombia confirma así su tendencia electoral: funcionar sobre mayorías frágiles. En ese contexto, por suerte, el ciclo reciente de reformas sociales no desaparecerá. Doce millones setecientos mil votantes exigen su continuidad. La ampliación de los derechos laborales, la reconfiguración de la salud pública gratuita, el reconocimiento de las economías populares y la visibilidad de la desigualdad territorial ya forman parte del lenguaje político del país. El nuevo gobierno no podrá negar el amparo de los más vulnerables sin fracturar el piso sobre el que edificó su triunfo.
Los sectores populares ya no piden misericordia, porque la discusión sobre la pobreza también cambió de registro. Los más pobres del país, unos catorce millones de personas, exigen acceso a oportunidades concretas: educación, estabilidad laboral, movilidad social y salarios dignos. A pesar de la sorprendente votación de algunos sectores populares en favor del modelo económico que más los ha explotado y envilecido, el futuro presidente solo podrá profundizar esas desigualdades desnudando los intereses que representa y que negó durante la campaña, en la que pasó de un ateísmo declarado a un cristianismo fervoroso.
Algo también quedó claro en estas elecciones, y parece irreversible: el debilitamiento progresivo de figuras que durante décadas concentraron el poder político y judicial. Ese desplazamiento no ha sido súbito ni espectacular; ha sido acumulativo. Se lee en los expedientes, en las decisiones de los jueces, en la erosión de las influencias. Los verdugos impunes por tantos años ahora son llamados a indagatoria, y algunos de sus antiguos aliados y familiares más cercanos comienzan a enfrentar las consecuencias judiciales de ese pasado criminal.
Acabo de vivirlo la semana pasada en Necoclí, al norte de Antioquia, en la Hacienda Virgen del Cobre. Estuve allí como enviado especial de CasaMacondo, acompañando una misión de la Agencia Nacional de Tierras. Más allá de las ruinas de ese emporio de todopoderosos mafiosos, ahora crecen cultivos de arroz. Los tallos empiezan a inclinarse bajo el peso de los granos. Dentro de poco, los campesinos recogerán el resultado de cinco meses de trabajo, casi el mismo tiempo transcurrido desde que esas 1.143 hectáreas les fueron entregadas por su condición de víctimas sobrevivientes del conflicto armado.
¿El gobierno de Abelardo de la Espriella les prenderá fuego a esos cultivos y a lo que representan? No creo que pueda, no impunemente. Esa convicción no nace del mero optimismo sino de una experiencia aprendida en mi barrio de infancia. Yo crecí en el Doce de Octubre, en lo alto de las faldas occidentales de Medellín, en la década de los ochenta, cuando la ciudad se convirtió en uno de los lugares más violentos del mundo, incendiada por el dinero mafioso y secundada por los políticos más corruptos y desvergonzados de entonces, algunos todavía vivos, vociferando discursos sobre la rectitud.
Nuestra parroquia se llamaba Santa María del Carmen y era, en medio de la aridez que imponían la muerte y el miedo, nuestra orilla de agua. Orábamos para atender y estudiábamos para entender. En 1986, mientras los baleados yacían en las esquinas cubiertos con sábanas, nos reuníamos para hacer análisis de coyuntura. Mamás, papás, hijos, nietos, abuelos, vecinos, nos encontrábamos para repasar las noticias e intentar descifrar los intereses y malformaciones que condicionaban nuestra comprensión de ellas, es decir del relato oficial de la vida, con sus miedos y zozobras, con su alegría tan esquiva.
El resultado más elocuente era que nos rebelábamos. Fue leyendo el Evangelio y cediéndonos la palabra que un día, en uno de esos análisis de coyuntura, decidimos desobedecer la sentencia de que los nacidos en el 12 de Octubre éramos jóvenes sin posibilidad de grandeza, condenados a su maldita suerte. Desde entonces nos reconocimos dignos. Así sobrevivimos a la barahúnda de la guerra que nos impusieron. El líder de ese proceso fue el padre Pedro, un cura obrero, sociólogo y experto en la pequeñez como atributo.
En medio de aquel río de sangre y pavor, él nos enseñó que la dignidad se acrecienta en la capacidad de organizar la vida en común. Cuando se inauguró el hospital del barrio, la primera obra pública en Colombia con el nombre de Luis Carlos Galán Sarmiento, la comunidad acudió ante el presidente César Gaviria para recordarle que la salud era un derecho postergado que nos había costado demasiadas muertes. No fuimos a agradecer, sino a confirmar que cada ladrillo de ese hospital nos pertenecía por derecho ganado.
En los días de mayor escasez inventamos la «Operación Canasta», para sostener las huelgas obreras en las fábricas de la ciudad y rifamos el mismo televisor una y otra vez porque los ganadores se negaban a llevárselo para que la suerte se multiplicara de tanto compartirla. Así fue como construimos los salones parroquiales, con un teatro y una biblioteca popular, la Tito Brandsma. Lo hicimos sin donaciones ni limosnas, recolectando botellas, hierro y cartón, mezclando el cemento nosotros mismos, pegando uno tras otro los ladrillos de los muros. De Pedro aprendimos que el problema no es el miedo: el asunto atroz es que nos venza.
Ningún monstruo fue más fuerte ni más grande. Ni siquiera los soldados de la Cuarta Brigada ni los policías del Bloque de Búsqueda, feroces tras el capo mafioso que desató ríos de sangre y que hoy se ofrece como souvenir turístico. Nuestra condición de habitantes de la periferia nos convertía en sospechosos. Las patrullas irrumpían de madrugada en nuestras calles, sedientas de escarmiento, y se llevaban a hombres y a mujeres. Algunos regresaban. Otros no.
Pero lo que no hicieron las milicias guerrilleras, las bandas criminales, los ejércitos armados, lo consumó el arzobispo de Medellín, Ricardo Antonio Tobón Restrepo, encubridor de sacerdotes abusadores de niños, niñas y adolescentes, e indulgente confesor de algunos de los políticos más poderosos de Antioquia. Pedro y Javier, el otro sacerdote entre nosotros, su hermano de comunidad, fueron desterrados del barrio en 2013. Pedro nos pidió serenarnos, obedecer ese mandato doloroso y no iniciar una revuelta. Nos recordó que la semilla debe romperse para convertirse en bosque. Y el bosque creció.
Muchos de los niños y jóvenes que marchamos juntos por las faldas del 12 de Octubre, hijos de madres y padres condenados al horror, fuimos a la universidad. La cosecha de aquella huerta produjo médicos, arquitectos, músicos, ingenieros, sociólogos, maestros, biólogos y filósofos. Algunos continuaron estudios de posgrado en otros países, en inglés, francés, alemán, portugués… Esos recuerdos no son mera nostalgia después de la jornada electoral del domingo. Son razones para la serenidad.
El destino de los campesinos que hoy cultivan arroz allá, en la hacienda Virgen del Cobre, el antiguo fortín paramilitar en los bordes del golfo de Urabá, no depende únicamente de la saña con que De la Espriella planea desmontar la restitución de tierras y la Jurisdicción Especial para la Paz. Depende también de la multitud que respaldó la continuidad de los nuevos acuerdos sociales que honran un sentido de justicia, verdad y reparación.
Los electores de Abelardo de la Espriella no son nuestros enemigos. La política no puede convertirse en un mecanismo de separación permanente de los afectos ni de las relaciones que sostienen la vida. Es tiempo de recuperar la cercanía y de privilegiar los vínculos con los amigos, con la familia, con quienes amamos, incluso en medio del desacuerdo. Lo peor que puede recibir una sociedad a la que le propusieron el odio como instrumento electoral es la devolución de ese mismo odio.
Quienes anunciaron destriparnos desean que les respondamos con furia, pero encontrarán, ojalá de un modo mayoritario, respeto y serenidad. Estos que siguen son días para cuidar a los nuestros, volver a las conversaciones suspendidas y sentarnos otra vez en la misma mesa. Yo me declaro ilusionado, pese a todo.
Quienes hacemos parte de CasaMacondo permaneceremos aquí, en este mismo lugar, pequeño y obstinado. Nuestro oficio no consiste en registrar la euforia de los ganadores ni administrar la tristeza de los derrotados. Seguiremos rumiando la realidad a la manera de las vacas: intentando convertir el pasto en leche. El compromiso de quienes conformamos CasaMacondo es contar el país, fiscalizar al poder y escribir sin pedirle permiso a nadie. No tenemos miedo. Venimos de peores noches.
