Una mañana de enero de 2003, un grupo de turistas que caminaba por el Parque Nacional Everglades en la Florida escuchó algo retorciéndose en el agua. Al acercarse, se toparon con una escena digna de una película de Hollywood de bajo presupuesto: una pitón de Birmania de alrededor de cuatro metros de largo apresaba el cuerpo de un enorme caimán del río Misisipi de entre dos y tres metros, que la mordía en un intento por liberarse. Los reptiles lucharon durante casi treinta horas frente a más de 200 espectadores hasta que, finalmente, el caimán abrió sus fauces y la malherida serpiente se perdió entre la maleza.
El encuentro, registrado por medios locales, llamó la atención de varios biólogos. Desde hacía décadas, ciudadanos e investigadores en la Florida habían reportado la presencia de pitones de Birmania (Python bivittatus), una especie de serpiente constrictora nativa de India, Pakistán y parte del Sudeste Asiático. Estas pitones de piel castaña manchada pueden llegar a pesar casi 150 kilos y medir seis metros de largo, la longitud de un pequeño autobús.
A finales de los años setenta, los vendedores de mascotas de la Florida comenzaron a traer especies cada vez más exóticas para suplir la creciente demanda de mascotas en el estado. Sus clientes eran los cocaine cowboys, sus lavaperros y los multimillonarios que aprovecharon el dinero de la droga que erigió Miami. Los narcos pedían tigres, aves en peligro de extinción y reptiles cada vez más extraños que luego presumían frente a sus competidores. Para los años noventa, las pitones de Birmania eran una de las mascotas más vendidas. Las personas las compraban cuando medían apenas unas decenas de centímetros para exhibirlas en terrarios, y las abandonaban lejos de sus casas cuando medían ya varios metros y debían comprar (en el mejor de los casos) decenas de conejos al año para poder alimentarlas.
No es claro si algunos compradores arrepentidos las dejaron en los Everglades o si estas fueron migrando poco a poco hasta llegar a este parque nacional natural —se habla, incluso, de la posibilidad de que en 1992 el Huracán Andrew transportara algunas en sus vientos—. Como fuera, la lucha contra el caimán y la atención nacional que atrajo obligó al gobierno a evaluar qué estaba sucediendo con las pitones en la zona.
Un estudio llevado a cabo entre 2003 y 2011 encontró que la población de mamíferos de los Everglades se redujo de manera drástica probablemente debido a la presencia de estas serpientes. Durante ese tiempo, la observación de mapaches disminuyó 99,3%, la de zarigüeyas 98,9% y la de linces rojos 87,5%. La relación entre las serpientes y la desaparición de los mamíferos se apoya en el hecho de que estas comen todo lo que se mueve. Como las demás serpientes de la familia Pythonidae, las pitones de Birmania utilizan su órgano de foseta como una suerte de ojo término para cazar. Acechan camufladas y atacan rápidamente apenas una presa aparece en su radar. Son constrictoras, no venenosas. Esto quiere decir que se aferran a alguna parte de su cena y la asfixian enrollándose y apretando su cuerpo. En Florida, los investigadores han hallado en sus estómagos, entre otros, ratones, ratas, conejos, mapaches, ardillas, linces rojos, nutrias, zarigüeyas, patos, venados, garzas, taguas, zambullidores, puercoespines, caimanes (la indigestión suele matarlas) y mascotas como gatos.
Hoy, según algunas estimaciones, hay quizás cerca de 100.000 pitones de Birmania. Las serpientes ya se han visto en el norte del estado, y son incluso un ejemplo de adaptación al cambio climático, pues han sobrevivido cambios de temperatura que en teoría deberían haberlas afectado para mal. Las pitones de Birmania hembra pueden alcanzar la madurez sexual en dos años y ponen anualmente alrededor de 40 huevos. Se calcula que por cada serpiente que las personas ven en Florida, hay entre 100 o 1.000 más arrastrándose lejos de sus miradas.
En 2013, las autoridades del estado permitieron la caza de las pitones para intentar resolver el problema. Ese año la Comisión de Conservación de Pesca y Vida Silvestre de Florida (FWC) no solo autorizó, sino que fomentó la persecución de las serpientes. Al final del verano, la entidad organizó por primera vez un evento de varios días en el que cazadores nacionales e internacionales compitieron por ver quién mataba más pitones de Birmania.
La competencia se repite anualmente desde entonces. El premio es de 10.000 dólares y hay siete áreas del estado donde se puede participar, incluidas ciertas zonas de los Everglades. Los cazadores deben matar a las serpientes humanamente: de acuerdo con las reglas, es necesario dejarlas inconscientes de forma inmediata para luego darles el golpe de gracia. La FWC ofrece entrenamientos y videos para asegurarse de que las muertes ocurran causando el menor sufrimiento posible al animal. Existe, además, una Patrulla Pitón que monitorea las cacerías para asegurarse de que esto suceda. En las últimas dos décadas, los cazadores han matado más de 18.000 serpientes, que seguramente habrían devorado centenares o miles de animales durante sus casi dos décadas de vida.
Algunos animalistas solían quejarse de las cacerías por el sufrimiento que causaban a los reptiles, pero desde hace años parecen sentirse satisfechos con las medidas tomadas por la FWC.
En Colombia, el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible y las corporaciones autónomas regionales han impulsado planes para erradicar o controlar especies invasoras como el pez león (Pterois antennata), la rana toro (Aquarana catesbeiana) y el caracol gigante africano (Achatina fulica).
CasaMacondo consultó a la Senadora Andrea Padilla, al excongresista Juan Carlos Losada y a Nicolás Ibargüen, tres de los ambientalistas más citados en casos de especies invasoras, sobre sus posiciones con respecto a estos planes. Ni la senadora ni el excongresista respondieron. Ibargüen, el único que contestó, dijo que está completamente de acuerdo con las medidas tomadas con estas especies siempre y cuando estén funcionando (la conversación fue mucho más larga y matizada de lo que indican estas líneas). Para Ibargüen, sin embargo, siempre que haya opciones aparte del sacrificio estas deberían evaluarse, sobre todo en el caso de especies que hacen parte del Apéndice II de CITES.
Una versión de esta columna se publicó en la página web del periódico El Espectador en 2023.
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