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Fotoensayo
«La desaparición forzada priva a las familias del acto humano más elemental: el duelo».
Fotoensayo de Viviana Peretti sobre la desaparición forzada en Colombia: familias, búsquedas y duelo suspendido tras casi 136.000 desaparecidos.
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Fotoensayo sobre desaparición forzada en Colombia, de Viviana Peretti
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Para disuadir a los feligreses de tomar caminos poco transitados durante el ascenso al santuario de Monserrate, la alcaldía de Bogotá lanzó una campaña con referencia explícita a la muerte. Bogotá, 2013.

Hace años, en un mes de noviembre, por primera vez vi mujeres caminando por la Plaza de Bolívar de Bogotá mientras sostenían pancartas y fotografías. Daban vueltas en círculo, gritando: «los desaparecidos del Palacio de Justicia sí existen». Llevan más de cuarenta años reclamando verdad y justicia. Ese día me recordaron a las madres y abuelas de otras latitudes con sus pañuelos blancos y las escarapelas con las fotografías de sus hijos y nietos desaparecidos. Ese noviembre del 2014 supe que también en Colombia, la más antigua democracia de América Latina según algunos, existe el crimen de desaparición forzada. Aquí fue tipificado sólo en el 2000. Según las estadísticas oficiales, casi 136.000 personas han sido víctimas de desaparición, una multitud de dolor insepulto con la que se podría llenar tres veces el estadio Atanasio Girardot de Medellín. 

La desaparición forzada —y sus afectaciones a la vida individual y colectiva de este país— se ha vuelto mi tema de investigación, en búsqueda de una justicia por lo menos visual. Durante años, he recorrido Colombia retratando las dinámicas políticas, económicas y sociales de lo que muchos denominan el crimen perfecto. 

Anne Huffschmid, doctora en Ciencias Culturales e investigadora asociada del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Libre de Berlín, afirma que los desaparecidos pertenecen a una categoría fantasmagórica y ocupan un no-lugar. Ni vivos ni muertos. La desaparición también se extiende a la dimensión espacial: los desaparecidos están en ninguna parte y en todas partes a la vez. Sus restos están dispersos a lo largo de la vasta geografía de Colombia y habitan en el limbo de nuestra incapacidad para imaginarlos. 

El destino de los desaparecidos está en manos de quienes decidieron su final: agentes del Estado, paramilitares y guerrillas. En Colombia, la desaparición forzada ha sido más extendida —y trágicamente, más vigente— que en las dictaduras de Chile y Argentina. Es el resultado oculto de una guerra prolongada y de baja intensidad, ligada a políticas de contrainsurgencia, control territorial, economías ilícitas y megaproyectos en hidrocarburos, turismo y agroindustria. La desaparición está sostenida por la impunidad y no deja cuerpos, pruebas ni culpables. Es un crimen invisible, silencioso. Perfecto.

La desaparición forzada priva a las familias del acto humano más elemental: el duelo. Los familiares —sumidos en un dolor irresuelto y suspendido— suelen decir que ni siquiera queda un hueso para despedirse, y que cada día es consumido por la pérdida ambigua de sus seres queridos y la angustiante pregunta de si están vivos o muertos, si tienen hambre o frío. Como dijo un padre: “He pensado, durante 1.107 noches, en 1.107 formas distintas en que mi hijo pudo haber muerto”. Esta incertidumbre no representa un daño colateral: es el crimen en sí mismo.

Este enfoque hace eco a la reflexión de Georges Didi-Huberman, historiador del arte francés, en Imágenes pese a todo: que las imágenes deben ser vistas tal como realmente son, incluso en un mundo ya saturado —casi asfixiado— de mercancía imaginaria. Es a través de las imágenes que lo inimaginable se vuelve comprensible, que la ausencia adquiere un rostro y que logramos reconocer lo que, de otro modo, permanece invisible. Imágenes para que lo acontecido no sea reducido a lo inexistente. El proyecto honra a los desaparecidos y a sus familias, quienes han pasado décadas buscando a sus seres queridos y luchando por recuperar su buen nombre. Aún hoy, muchos colombianos siguen creyendo que, si alguien ha sido desaparecido, «por algo será» una suposición que profundiza la injusticia.

Al exponer la magnitud, la sistematicidad y el profundo impacto de este crimen, Limbo confronta el memoricidio llevado a cabo por las autoridades colombianas, que durante décadas han intentado minimizar o borrar su existencia. 

Limbo captura la frustración de armar un rompecabezas para crear lo imposible: un homenaje visual a la ausencia y un acto sostenido de testimonio.

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Bosques en los Cerros Orientales de Bogotá. Bogotá, 2025. 

La flor del borrachero (Brugmansia arborea) que muchas comunidades indígenas en Colombia consideran una poderosa planta vinculada con la limpieza espiritual, la sanación y la esencia sagrada de la palabra. Choachí, Cundinamarca, 2024. 

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Bosque donde la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) intentó localizar el cuerpo de Gerardo Angulo (68 años), secuestrado y asesinado por las FARC junto a su esposa Carmenza Castañeda en el año 2000. En 2021 encontraron el cuerpo de Doña Carmenza. A Don Gerardo todavía lo buscan. San Juanito, Meta, 2023.
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Miembros de la UBPD rastrean esas mismas montañas en busca de Don Gerardo. San Juanito, Meta, 2023.
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Restos exhumados por la UBPD en el Cementerio Municipal de Facatativá, donde durante años fueron enterrados como NN cuerpos de víctimas de crímenes de Estado. Facatativá, Cundinamarca, 2022.
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Tumbas en el Cementerio de Belén de los Andaquíes, donde el Bloque Central Bolívar de las AUC enterró anónimamente a numerosas víctimas. Belén de los Andaquíes, Caquetá, 2024.
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Carretilla en La Escombrera, Comuna 13, vertedero que se perfila como la fosa común urbana más grande de Sudamérica. La JEP ha recuperado siete cuerpos; se estima que pueden haber más de 500. Medellín, Antioquia, 2025.
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Miembros de la UBPD exhuman en el Cementerio del Sur de Bogotá el cuerpo de un integrante de las FARC enterrado de forma anónima tras un combate en el Sumapaz en 2009. Bogotá, 2024.
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Ropa y huesos exhumados en el cementerio de Palmira, donde antiguos guerrilleros y miembros de la fuerza pública ayudaron en las actividades de los equipos forenses como forma de reparación a las víctimas. Palmira, Valle del Cauca, 2025.
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Bastón, gorra y cuadernos de registro de un guardia de seguridad privada, empresas que han perpetrado o sido cómplices de desapariciones forzadas. Bogotá, 2018.
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Familiares de víctimas protestan frente al Palacio de Justicia. En noviembre de 1985, la toma del M-19 y la retoma militar dejaron al menos 94 muertos y 11 desaparecidos. Bogotá, 2017.
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Un transeúnte observa siluetas de miembros desaparecidos de la Unión Patriótica. El 30 de enero de 2023, la Corte Interamericana condenó a Colombia por el genocidio de más de 6.000 militantes de la UP. Bogotá, 2021.
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Sonia María Ortiz Moreno marcha cargando la foto de su hijo Isaías Berrío Ortiz, víctima del genocidio de la UP. Bogotá, 2024.
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Mujer lleva flores en el Cementerio Central de Bogotá. Bogotá, 2014.
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Las sobrinas de Jairo Sepúlveda Salas acompañan sus restos al cementerio de Caucheras. Se pusieron sus trajes de fiesta para despedir al tío. Jairo se unió a las FARC-EP en 1996, fue abatido por el ejército en 2011 y enterrado anónimamente en Buga, a más de 600 kilómetros de su pueblo. Caucheras, Antioquia, 2025.
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Familiares de Jairo velan sus restos en Caucheras. Caucheras, Antioquia, 2025.
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La sobrina de Katerine Rivera Londoño juega con globos durante la entrega de sus restos. Katerine fue reclutada por las FARC-EP a los 12 años y abatida a los 16. Fue enterrada anónimamente a más de 400 kilómetros de su hogar. Anorí, Antioquia, 2025.
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Familia de Álvaro Serpa en su entierro en Montería. Sus restos fueron exhumados en San Vicente del Caguán, donde murió en un bombardeo en 2008 y fue enterrado anónimamente. Montería, Córdoba, 2024.
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Doña Analigia lleva un vestido que le regaló su hijo Roberto Antonio antes de que fuera desaparecido hace 16 años. Murió de cáncer sin recibir sus restos. Medellín, Antioquia, 2016.
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Darío Alfonso Morales carga la foto de su hijo Óscar Alexander (26), asesinado por soldados en 2008 y enterrado anónimamente en una fosa común. Su cuerpo fue identificado a principios de 2024. El Copey, Cesar, 2022.
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Pendón con la imagen de Edilbrando Joya Gómez, estudiante de la Universidad Nacional desaparecido el 13 de septiembre de 1982. Tras 44 años, aún se desconoce el paradero de los 12 jóvenes del Caso Colectivo 82. Bogotá, 2019.
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Suéter colgado de un cable en la Comuna 13, donde muchos jóvenes fueron desaparecidos durante la Operación Orión de 2002. Medellín, Antioquia, 2016.
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Un pescador camina hacia el río Loretoyacu. Durante años, pescadores locales recuperaron cuerpos de los ríos y les dieron sepultura en las orillas. Puerto Nariño, Amazonas, 2015.
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 La niebla cubre un valle en Caquetá, región donde miles de víctimas fueron enterradas anónimamente a lo largo de su vasto territorio. Puerto Rico, Caquetá, 2025.

Viviana Peretti

Viviana Peretti es fotógrafa italiana radicada en Colombia. Graduada en Literatura por la Universidad de Roma y con maestría en Periodismo, completó su formación en el International Center of Photography (ICP) de Nueva York. Su trabajo se centra en historias de largo aliento sobre comunidades marginalizadas y violaciones a los derechos humanos.

Limbo, su proyecto sobre la desaparición forzada en Colombia, ha recibido una mención honorífica del World Press Photo (2022), el Women Photograph Grant y el Italian Council 13 (2024), y fue finalista en The Aftermath Project. Su obra ha sido expuesta en la National Portrait Gallery de Londres, el MACRO de Roma y el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de Bogotá, y publicada en The New York Times, BBC, CNN y Granta, entre otros medios.

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