
Hace años, en un mes de noviembre, por primera vez vi mujeres caminando por la Plaza de Bolívar de Bogotá mientras sostenían pancartas y fotografías. Daban vueltas en círculo, gritando: «los desaparecidos del Palacio de Justicia sí existen». Llevan más de cuarenta años reclamando verdad y justicia. Ese día me recordaron a las madres y abuelas de otras latitudes con sus pañuelos blancos y las escarapelas con las fotografías de sus hijos y nietos desaparecidos. Ese noviembre del 2014 supe que también en Colombia, la más antigua democracia de América Latina según algunos, existe el crimen de desaparición forzada. Aquí fue tipificado sólo en el 2000. Según las estadísticas oficiales, casi 136.000 personas han sido víctimas de desaparición, una multitud de dolor insepulto con la que se podría llenar tres veces el estadio Atanasio Girardot de Medellín.
La desaparición forzada —y sus afectaciones a la vida individual y colectiva de este país— se ha vuelto mi tema de investigación, en búsqueda de una justicia por lo menos visual. Durante años, he recorrido Colombia retratando las dinámicas políticas, económicas y sociales de lo que muchos denominan el crimen perfecto.
Anne Huffschmid, doctora en Ciencias Culturales e investigadora asociada del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Libre de Berlín, afirma que los desaparecidos pertenecen a una categoría fantasmagórica y ocupan un no-lugar. Ni vivos ni muertos. La desaparición también se extiende a la dimensión espacial: los desaparecidos están en ninguna parte y en todas partes a la vez. Sus restos están dispersos a lo largo de la vasta geografía de Colombia y habitan en el limbo de nuestra incapacidad para imaginarlos.
El destino de los desaparecidos está en manos de quienes decidieron su final: agentes del Estado, paramilitares y guerrillas. En Colombia, la desaparición forzada ha sido más extendida —y trágicamente, más vigente— que en las dictaduras de Chile y Argentina. Es el resultado oculto de una guerra prolongada y de baja intensidad, ligada a políticas de contrainsurgencia, control territorial, economías ilícitas y megaproyectos en hidrocarburos, turismo y agroindustria. La desaparición está sostenida por la impunidad y no deja cuerpos, pruebas ni culpables. Es un crimen invisible, silencioso. Perfecto.
La desaparición forzada priva a las familias del acto humano más elemental: el duelo. Los familiares —sumidos en un dolor irresuelto y suspendido— suelen decir que ni siquiera queda un hueso para despedirse, y que cada día es consumido por la pérdida ambigua de sus seres queridos y la angustiante pregunta de si están vivos o muertos, si tienen hambre o frío. Como dijo un padre: “He pensado, durante 1.107 noches, en 1.107 formas distintas en que mi hijo pudo haber muerto”. Esta incertidumbre no representa un daño colateral: es el crimen en sí mismo.
Este enfoque hace eco a la reflexión de Georges Didi-Huberman, historiador del arte francés, en Imágenes pese a todo: que las imágenes deben ser vistas tal como realmente son, incluso en un mundo ya saturado —casi asfixiado— de mercancía imaginaria. Es a través de las imágenes que lo inimaginable se vuelve comprensible, que la ausencia adquiere un rostro y que logramos reconocer lo que, de otro modo, permanece invisible. Imágenes para que lo acontecido no sea reducido a lo inexistente. El proyecto honra a los desaparecidos y a sus familias, quienes han pasado décadas buscando a sus seres queridos y luchando por recuperar su buen nombre. Aún hoy, muchos colombianos siguen creyendo que, si alguien ha sido desaparecido, «por algo será» una suposición que profundiza la injusticia.
Al exponer la magnitud, la sistematicidad y el profundo impacto de este crimen, Limbo confronta el memoricidio llevado a cabo por las autoridades colombianas, que durante décadas han intentado minimizar o borrar su existencia.
Limbo captura la frustración de armar un rompecabezas para crear lo imposible: un homenaje visual a la ausencia y un acto sostenido de testimonio.

La flor del borrachero (Brugmansia arborea) que muchas comunidades indígenas en Colombia consideran una poderosa planta vinculada con la limpieza espiritual, la sanación y la esencia sagrada de la palabra. Choachí, Cundinamarca, 2024.























Viviana Peretti
Viviana Peretti es fotógrafa italiana radicada en Colombia. Graduada en Literatura por la Universidad de Roma y con maestría en Periodismo, completó su formación en el International Center of Photography (ICP) de Nueva York. Su trabajo se centra en historias de largo aliento sobre comunidades marginalizadas y violaciones a los derechos humanos.
Limbo, su proyecto sobre la desaparición forzada en Colombia, ha recibido una mención honorífica del World Press Photo (2022), el Women Photograph Grant y el Italian Council 13 (2024), y fue finalista en The Aftermath Project. Su obra ha sido expuesta en la National Portrait Gallery de Londres, el MACRO de Roma y el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de Bogotá, y publicada en The New York Times, BBC, CNN y Granta, entre otros medios.