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Opinión

Una gallina no es un tigre

Lo inquietante de Abelardo de la Espriella no es él. Son los millones de personas dispuestas a hacerlo presidente a pesar de su vulgaridad, violencia y proximidad con el crimen. ¿Qué dice sobre nosotros su posible triunfo electoral?
Por | Ilustración: Leo Parra
Portada Una gallina no es un tigre
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Hay algo profundamente aciago en que una parte del país vea en Abelardo de la Espriella un presidente posible. No porque Colombia haya carecido de candidatos deleznables. Tampoco porque la política deba reservarse para académicos o intelectuales. En democracia cualquiera puede aspirar a la Presidencia. Lo inaudito es que un personaje cuya principal obra pública ha sido la construcción de una hipérbole sobre sí mismo sea tomado en serio, como si escenificar el poder equivaliera a ejercerlo.

Las élites colombianas, soberanamente hipócritas, solían guardar las formas. El rico procuraba parecer discreto, el militar comedido y el político modesto, incluso honrado. Los jueces se suponían incorruptibles, los bandoleros justicieros y los curas venerables. Hoy es lo contrario. La exhibición produce prestigio. La riqueza ya no es solo una circunstancia, ahora además es una estética. La iracundia, que era despreciable, un defecto del carácter, ahora se ofrece como virtud, lo mismo la ignorancia y la crueldad.

El candidato de la extrema derecha colombiana parece construido para esa mutación cultural. Todo en él comunica una sensación de victoria: la ropa, los relojes, los yates, los aviones, su gestualidad artificiosa. Poco importa que nada de eso sustente un ideario político. La impresión que se elige es la del éxito económico como certeza de superioridad. Pero la anomalía no está ahí, en el humo y las luces que secundan sus apariciones, ni en el atril blindado atrás del cual promete acabar a tiros a los violentos.

Colombia es uno de los países más desiguales del continente, con millones de personas atrapadas entre la informalidad y la pobreza, diseminadas en una geografía de cordilleras, selvas, ríos y llanuras, territorios del tamaño de pequeños países en los que prosperan la corrupción y las economías ilegales. El nuestro es un narcoestado y gobernarlo, para superar ese lastre, exige una autoridad que Abelardo de la Espriella solo puede simular. 

El abogado fue defensor de David Murcia Guzmán, rostro de una de las mayores estafas financieras de la historia colombiana; representó a los hermanos Miguel y Manuel Nule, ladrones del presupuesto de Bogotá; litigó para Jorge Visbal Martelo, condenado por sus vínculos con el paramilitarismo; ejerció la defensa de alias Don Berna, patrón de la mafia en Medellín, y construyó una relación pública de abierta simpatía con Salvatore Mancuso, de quien dijo que había librado una batalla que el país debió apoyar.

No es ilícito. Cualquier abogado puede defender delincuentes. Lo asombroso en su caso es que esa proximidad legal e ideológica haya terminado ajustándose a su altura moral, igual que sus trajes de sastre, entallados y vistosos. Sus seguidores lo encuentran refinado. Él quisiera negarlo, y lo ha intentado en vano: mientras defendió corruptos, mafiosos y asesinos seriales se hizo multimillonario y consolidó un patrimonio que incluye apartamentos, oficinas, casas y haciendas.

CasaMacondo acaba de documentar su relación con un lavador de dinero ilícito, testaferro del Cartel del Norte del Valle. Sin embargo, no es lo más revelador. Él mismo, una vez, contó que había amarrado pólvora detonante a la cola de gatos para verlos volar. Lo dijo en televisión y quienes lo oyeron se rieron. Hace poco, también en la televisión, llamó ignorante a una presentadora, y a otra, en vivo y en directo, la invitó a ampliar una fotografía suya para que comprobara la buena dotación en su entrepierna. Sus seguidores no parecen admirarlo a pesar de todo eso, sino precisamente por todo eso.

Una sola de tantas revelaciones periodísticas, o una sola de sus declaraciones más desvergonzadas, debería bastar para lapidar su imagen pública, pero su electorado lo cree un hombre extraordinario y su cercanía con algunos de los corruptos, narcotraficantes y asesinos más crueles no es una sombra sino un esplendor. Se trata de un retruécano moral demasiado ostentoso para considerarlo una extravagancia. Lo que antes imponía deshonra, ahora brinda prestigio. No hay nada espontáneo en ese personaje actuado.

A pocos días de la primera vuelta presidencial escenificó una larga conversación con Westcol, probablemente el mayor entretenedor digital del país. Antes que una entrevista rigurosa o un debate exigente, el máximo aspirante a la Presidencia escogió a un presentador de naderías, multimillonario también. No hubo preguntas incómodas sobre Mancuso, Don Berna, David Murcia, los hermanos Nule o las investigaciones patrimoniales recientes. Fue lo mismo que la transmisión en vivo de uno de esos juegos virtuales para adolescentes en los que pasa de todo y no pasa nada.

De la Espriella suele insinuar que su horizonte político es Nayib Bukele. Tampoco es casual. Bukele encarna la ilusión contemporánea del orden instantáneo: un líder que promete resolver por la fuerza problemas que durante décadas parecieron irresolubles. Pero El Salvador es un territorio diminuto, sin las inmensas selvas, cordilleras, ríos y llanuras en las que Colombia ha sembrado y cosechado sus guerras. Las redadas masivas salvadoreñas ocurrieron en callejones barriales e iban tras pandilleros tatuados de pies a cabeza, un objetivo masivo y ostensible.

Las nóminas de las élites criminales colombianas, además de gatilleros urbanos, incluyen soldados rurales, y alcaldes, gobernadores, congresistas, magistrados, generales del Ejército y de la Policía, empresarios y vedettes de la televisión. También a expresidentes de la República. De nada de eso habla Abelardo de la Espriella. Es como si esa realidad flagrante, que conoce en persona y de la que se ha lucrado, lo enmudeciera. Él lo sabe. La violencia colombiana no nació de una ausencia de autoridad sino de una desigualdad feroz. 

Javier Milei, negacionista de la pobreza como desencadenante de las violencias, es otro de los referentes de Abelardo de la Espriella. Los une una misma idea del poder: gobernar consiste antes que nada en interpretar un personaje. Milei llegó a la Casa Rosada después de saberse que se comunicaba con Conan, su perro muerto, por intermedio de una médium, y de pagar una fortuna para clonarlo varias veces. Nunca ocultó esas historias. Las incorporó a su biografía pública como una prueba de autenticidad.

Pero el presidente de Argentina acumula episodios que desnudan su incapacidad y estulticia: la promoción pública de una inversión especulativa que les robó los ahorros a miles de personas; una hermana sin cargo electivo convertida en la figura más poderosa de su gobierno; una inestabilidad ministerial que obliga a reemplazar funcionarios antes de que alcancen resultados; un discurso moralizador acompañado de privilegios para la casta política que prometió erradicar. Miles de quienes lo votaron reconocen, finalmente, que el personaje que encarna podía sostener un espectáculo, pero no un gobierno.

¿Qué ha pasado para que una parte de la sociedad confunda el dinero con la razón, la intimidación con el carácter, la vulgaridad con la autenticidad? Ese no es un problema electoral. Es un dilema social. Hace apenas una generación, los más poderosos intentaban disimular quiénes eran. Los mafiosos compraban haciendas, pero también universidades; los políticos corruptos se rodeaban de poetas y académicos; los delincuentes querían parecer empresarios y los empresarios ciudadanos de a pie. La hipocresía de antaño no era mejor, solo menos ruidosa.

Las máscaras existían porque todavía sobrevivía una frontera moral. Pero ese límite desapareció. Ya no se oculta la riqueza, se exhibe. No se esconde la crueldad, se celebra. La ignorancia no avergüenza, produce identificación. Lo más inquietante en estos días, a dos semanas de la segunda vuelta presidencial, son los millones de colombianos que oyen el rugido de un tigre en el cacareo de una gallina.

Foto de José Alejandro Castaño

José Alejandro Castaño

Escritor, periodista y editor. Ha sido finalista del Premio Kurt Schork, de Columbia University, y ganador del Casa de las Américas de Literatura, del Premio de Periodismo Rey de España y tres veces del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Es autor de los libros: La isla de Morgan (U. de Antioquia, 2002), ¿Cuánto cuesta matar a un hombre? (Norma, 2006), Zoológico Colombia: crónicas sorprendentes de nuestro país (Norma, 2008), Cierra los ojos, princesa (Ícono, 2012), Perú, reino de los bosques (Etiqueta Negra, 2012). Es coautor del libro Relato de un milagro. Los cuatro niños que volvieron del Amazonas (El Peregrino Ediciones, 2023). Algunas de sus crónicas están incluidas en antologías y han sido traducidas al inglés, francés, alemán y japonés. Cofundador de CasaMacondo.
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