relato de un milagro

Lesly se comió la punta de la cola de una culebra.

Dice Fátima que fue una equis, una de las serpientes más mortíferas de las selvas amazónicas, y no solo de ellas. Las equis o mapanás reptan por los bosques interandinos hasta las tierras bajas de la costa Pacífica y Caribe, así de largas son. El nombre describe el patrón de los dibujos en su espinazo, que parece sugerir una advertencia, similar a las equis sobre botellas con venenos o líquidos inflamables. Las mapanás pertenecen a un género de serpientes que los expertos llaman crotarinas o víboras de foseta, equipadas con un sistema de percepción calórico debajo de los ojos, a cada lado del hocico, comparable a los sensores térmicos que usan los militares para ver en la oscuridad. Ellas perciben a colores lo que huelen.

Lesly la descalabró con una rama.

Los cuatro estaban sentados, descansando, la bebé en brazos. La escena es imaginable. Alguno la vio primero y dio la voz de alarma. En lenguaje uitoto hay una palabra que nombra las mapanás: ivána. La rama debió estar ahí, a la mano, cortada desde antes, convertida en bastón, en instrumento. El saber universal sentencia que las serpientes se matan por la cabeza. Los indígenas añaden algo más a esa certeza: debe hacerse sin saña. Cualquiera no lo entiende. Hay una dimensión espiritual, una diferencia moral, entre matar con poco sufrimiento, o incluso sin producirlo, y matar acrecentándolo. Los uitotos creen que hay algo de ellos en las plantas y en los animales del bosque, y algo de las plantas y los animales del bosque en ellos mismos. 

El veneno de las mapanás suele ser letal.

Su mordedura es una descarga de hemotoxinas, nefrotoxinas y neurotoxinas de hasta diez miligramos, una cantidad de líquido que cabe en una cucharita para postre. Esas proteínas destruyen los glóbulos rojos, coagulan la sangre y destruyen los órganos vitales, primero los riñones, después el sistema nervioso. En pocos minutos, Lesly habría comenzado a ahogarse y a colapsar entre convulsiones. Cualquiera de sus hermanos, de menor talla y peso, habría desfallecido aún más rápido, en un tiempo fugaz y sin embargo extenso, dolorosísimo. A veces, ni la atención médica salva a los mordidos por mapanaés y algunos desarrollan la “enfermedad del suero”, una reacción negativa al antiofídico que intenta salvarlos. Los niños tuvieron suerte.

Lesly examinó el cadáver ensangrentado. 

Era muy grande, cuenta la abuela, e intenta mostrar qué tanto, alargando un brazo. “Como así”, dice. ¿De un metro? “¡Más!”, responde y se estremece de susto. Los indígenas de la Amazonía saben que la fatalidad es una cornisa sobre la que se camina en la selva virgen y que el abismo debajo de ella puede conducir a muertes súbitas, o peor: a lentas agonías. Ciertas picaduras de insectos hematófagos, por ejemplo los que transmiten la leishmaniasis, provocan podredumbres de la carne. Las ulceraciones sin tratamiento en la nariz, en las orejas o cerca de la boca, puede causar perforaciones y amputaciones.

Los uitotos les enseñan a sus niños a conjurar ciertos peligros.

Una de tantas maneras es comerse un trozo de los animales más peligrosos allí mismo, cuando los matan, la carne aún tibia, palpitante, casi viva. Es una suerte de encantamiento y funciona con jaguares, caimanes, escolopendras, arañas, serpientes. Fue lo que hizo Lesly, le contó a Fátima: trozó un pedacito de la cola de la mapaná y se la metió a la boca. ¿Lo hizo con los ojos cerrados?, ¿la masticó? La abuela no lo sabe. “Se la tragó como le enseñé”, dice orgullosa y sonríe. Los uitotos creen que así repelen a los congéneres de ese animal del que algo se engullen recién muerto. Eso explica por qué no se les arrimaron más culebras a los niños. “Fue gracias a la valentía de mi nieta”, dice la abuela y vuelve a sonreír.

La certeza de que la jungla te devora no es metáfora.

Veintiocho de los ciento veinte comandos que buscaron a los niños regresaron a sus casas infectados de leishmaniasis, con el maldito bicho reproduciéndose en su sangre. Es una bomba de tiempo, lo explican ellos que saben como nadie el sentido de esa advertencia. En las fases avanzadas de la variante visceral, la menos común pero la más peligrosa de los tres tipos de leishmaniasis que se conocen, los enfermos pueden sufrir agrandamientos fatales del hígado y del bazo, y morir de un infarto fulminante. Los invasores europeos del siglo XVI la llamaron la “lepra blanca” cuando vieron las llagas y las perforaciones en el rostro de los indígenas en los territorios que ahora son Ecuador y Perú.

J. fue uno de los comandos que regresó con leishmaniasis.

Él le había dicho a su esposa que la misión en el Guaviare sería de una semana. “Es una misión humanitaria”, le anunció confiado. El conteo final de sus días en la selva sumó veintiocho, casi cuatro semanas con el mismo uniforme, empapado de sudor y de lluvia, y exprimido a medias por el bochorno de las horas secas. La leishmaniasis del tipo cutánea, la que produce úlceras, es la enfermedad parasitaria que más padecen los militares de Colombia. Un conteo de casos entre 2008 y 2018 sumó cuarenta mil infectados, un ejército de enfermos. El tratamiento suele tomar semanas, a veces meses, y los comandos deben someterse a un fusilamiento diario de inyecciones y aplicaciones intravenosas. Fue el caso de J., que estuvo en tratamiento cuarentaicinco días. 

Tuvo suerte, sus compañeros también. 

A los soldados a veces los pican los triatominos, un tipo de chinche también hematófago con un apodo beatífico: “insecto de los besos”. Él es el transmisor del Mal de Chagas, una enfermedad inflamatoria que puede resultar mortífera. En diciembre de 2021, en la base militar de La Jagua de Ibirico, en el Cesar, los soldados Alejandro Bolaño y Luis Fernando Salcedo murieron tras los besos del insecto. Cuatro compañeros suyos terminaron hospitalizados en unidades de cuidados intensivos, bordeando la muerte. Es posible que los comandos le teman más al “Pito”, como se conoce la infección, que a una ráfaga de disparos. ¿Cómo evitaron los niños las picaduras nocturnas de los insectos hematófagos?

Con un mosquitero.

Lesly tuvo la lucidez de buscar uno en los morrales que recuperó de los restos del accidente y que fue abriendo y vaciando a manotazos, lanzando objetos a diestra y siniestra, como sugiere el reguero de ropa, zapatos y enseres alrededor de la aeronave. En efecto, el suyo fue un esfuerzo intencionado, criterioso. El bastidor de tela, apenas uno, resultó suficiente. Lesly lo extendió cada noche debajo del techo de hojas que disponían para guarecerse de la lluvia, los bordes plegados sobre el suelo, sin aberturas ni resquicios, los bichos chupasangre repelidos. Eso también dispuso la niña: el orden en que ella y sus hermanos se acostaban a dormir.

Casi se la puede escuchar: “Tien y Solenny ahí, yo acá, con Cristin”.

(…)

Relato de un milagro fue editado por editorial El Peregrino, muy pronto en todas las librerías del país.

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