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Opinión

Milei y De la Espriella son felinos forasteros, y asustados

No conocen la intemperie y necesitan un territorio artificial que los proteja de aquello que se esfuerzan por parecer. Su exhibida ferocidad no es más que una forma de esconderse.
Por | Ilustración: Carolina Upegui
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El uno se dice león, el otro tigre. Meses atrás, celebrando su triunfo en las urnas, el segundo le propuso al primero «pelear juntos por la libertad». Ambos se rieron mansos. Si fueran los animales que se proclaman, ninguno sobreviviría en los inmensos territorios que dicen gobernar, colmados de lagos glaciares, precipicios andinos, selvas amazónicas, bosques patagónicos, sabanas fluviales… Esa es la primera ironía que los devora: el león y el tigre se presumen indómitos a condición de que todo a su alrededor sea hábitat controlado, territorio bajo vigilancia. Son bestias infructuosas.

El presidente de Argentina acaba de extremar las medidas de seguridad después de temer que uno de sus perros pudiera ser envenenado. Conan, su mastín muerto en 2017, fue clonado en cinco perros con nombres de economistas: Murray, Milton, Robert, Lucas y Marx. Él los llama sus hijos y, según ha contado, no pueden vivir juntos porque se matarían. El ahora mandatario admite que estuvo deprimido y que recurrió a una médium para comunicarse con el alma de Conan. Quería pedirle consejo sobre cómo encauzar su vida. Después vino la televisión, el disfraz de león y la jaula en la que vive.

El presidente de Colombia duerme enratonado. Se hizo construir un palacio en Barranquilla, en el Batallón Paraíso, adentro de la Segunda Brigada del Ejército, con un refugio subterráneo. No tendría razón para tanto miedo. El único presidente colombiano muerto durante el ejercicio de su mandato fue Francisco Javier Zaldúa, víctima de una enfermedad pulmonar, hace casi siglo y medio. Pero el tigre ha elegido una madriguera para su sede de gobierno. Y ahora se exhibe con un arma de fuego al cinto, igual que aquellos cantantes de mariachis de hace muchos años, que salían al escenario disfrazados de pistoleros.

El León argentino creció bajo los zarpazos de su padre, que siempre lo despreció. El hombre llamaba inútil al niño, y le daba palizas por torpe e incapaz. Solo le faltó escupirlo, según el relato del hijo convertido en adulto enfurecido. Una paliza brutal, cuando tenía once años, terminó con su hermana rescatándolo entre gritos de espanto. Años después, convertido en personaje televisivo, negó a su padre y a su madre. “No existen para mí”, dijo sin tartamudear. Ese es su otro rasgo más distintivo: el modo en que habla, en general incompetente, excedido de “digo”, “digamos”, “o sea”, extravíos de quien quiere, pero no puede. Y suda, frenético.

El león suele ir vestido con tres o cuatro chaquetas —camperas, en el léxico porteño—, una sobre otra, incluso en los días más calurosos. Ha pretendido transmitir una idea de desaliño voluntarioso, pero nada en él es espontáneo. Hasta su cabello sin peinar está peinado, dispuesto con espray fijador para que parezca rebujado. El sudor que le corre por la cara y le humedece los trajes casi puede olerse en la televisión. Sus detractores dicen que usa pañales y el rumor ha terminado pegándosele al paso. Camina con una incomodidad visible, rígida, asimétrica, con un trastabillar de presa, no de depredador. 

Él, que se proclama libertario, ha sido incapaz de encontrar una palabra para la matanza de Gaza. Mientras una comisión independiente de Naciones Unidas ha documentado al menos veinte mil niños palestinos asesinados y cuarenta y cinco mil heridos —y ha establecido que las acciones de Israel son un genocidio—, él prefiere la negación y la mudez. Con los ancianos que reclaman sus derechos, en cambio, no guarda silencio. A los jubilados que han salido a las calles a protestar les ha respondido con gases lacrimógenos, palazos y balas de goma. En marzo de 2025, una de esas protestas terminó con cien detenidos y una veintena de heridos. El león es manso con los poderosos y fiero con los débiles.

Entre tanto, la actividad económica del país cayó 2,9 por ciento en julio y las ventas de los supermercados retrocedieron 2,1 por ciento, comparadas con el mismo mes del año anterior. La inflación se ha reducido, pero también el consumo de los hogares. En 2025, el león rugió que había sacado a doce millones de argentinos de la pobreza. El dato oficial más reciente le ordena callarse: 32,3 por ciento de los argentinos sigue bajo la línea de pobreza, casi uno de cada tres, y dos millones volvieron a caer debajo de ella durante los primeros seis meses de 2026. Hay quienes lo desprecian por robarles.

En febrero de 2025, la fiera promocionó la criptomoneda Libra, pero fue un gruñir y nada más. Horas después, el precio del activo se desplomó y dejó una mortandad de damnificados. Un peritaje de la Fiscalía descubrió que el mandatario argentino habló al menos cinco veces con Mauricio Novelli, un lobista y operador del mundo de las criptomonedas que actuaba como enlace entre el presidente y empresarios de ese sector especulativo. En su teléfono apareció el borrador de un presunto acuerdo por cinco millones de dólares a cambio del apoyo del león a su proyecto. No es el único caso en su contra.

En la Agencia Nacional de Discapacidad, los audios de su entonces director, Diego Spagnuolo, amigo y ex abogado del presidente, expusieron un esquema de sobornos en la compra de medicamentos. Spagnuolo hablaba de una recaudación mensual cercana al millón de dólares y señalaba como destinataria de una parte del dinero a Karina Milei, hermana del león y quien lo salvaba de las palizas de su padre enfurecido. La justicia procesó a Spagnuolo, a cinco funcionarios y a trece empresarios por asociación ilícita, defraudación, cohecho y negociaciones incompatibles con la función pública. Karina Milei no fue procesada.

El tigre que gobierna Colombia aparenta otra presencia. Lleva la barba y los labios maquillados y usa trajes de diseñador con mocasines sin medias. Él también es pequeñito y ofuscado, propenso a la manía de mencionar, sin que nadie se lo pregunte, la marca de sus camisas, sus sombreros, sus zapatos, sus relojes… El álbum empresarial con el que buscaba clientes entre los criminales más feroces del país incluía fotografías junto a automóviles de lujo y jets privados. Esa ostentación solo es comparable a la de los narcotraficantes. Ahora pretende negarlo, pero una parte de su fortuna proviene de representar corruptos y asesinos en serie.

Aunque el tema más habitual de su persona es otro: los alcances de su hombría. Al parecer, el tigre duda porque tantos dudan. El aspaviento es su gesto más habitual, y lo convirtió en marca de su campaña y también de su gobierno, incapaz de entender la diferencia entre la tropelía de un aspirante y la dignidad de un elegido. El tigre es amanerado, ofuscado, nervioso, frenético. La contundencia a la que aspira no está en la certeza de sus palabras sino en la ferocidad con que las dice, incluso aunque sean banales, irrelevantes. El asunto es ése: la hombría necesita público, reclama corrillos, alaridos, aplausos.

Es muy difícil creerle, sin importar cuánto insista. El ateo devoto es, de pronto, un cristiano enardecido. Pero él mismo se reconoce cruel, capaz de exaltar líderes paramilitares o atar explosivos a la cola de un gato para verlo volar. Para verlo volar, así dijo sonriente. Su clasismo es fervoroso. Dijo que el ajiaco, el plato más popular de la meseta cundiboyacense, era un potaje carcelario. Nada de eso lo avergüenza, en cambio se enorgullece de saber qué vodka pedir cuando come caviar del esturión beluga, un pez de los mares Caspio y Negro que puede pesar mil kilos y vivir más de un siglo. El tigre se llama a sí mismo «costeño del Mediterráneo».

En CasaMacondo rastreamos las propiedades que compró, vendió o hipotecó desde 2006 y encontramos operaciones con personas investigadas o condenadas por narcotráfico, lavado de activos y paramilitarismo. De una de ellas recibió un préstamo de seiscientos millones de pesos, garantizado con un apartamento comprado por doscientos diez millones. Cuatro meses y medio después, la deuda fue cancelada. En otra operación, su sociedad familiar adquirió un lote de un ganadero investigado por lavado de activos. Las escrituras acumulan fechas, cifras y negocios con hombres vinculados a algunas de las estructuras criminales más poderosas del continente.

Durante la defensa de un empresario condenado por diseñar la mayor captadora ilegal de dinero del país, llegaron a su oficina setecientos sesenta millones de pesos en efectivo. Él reconoció haber recibido el dinero y dijo que correspondía a su paga profesional. En noviembre de 2013, mientras defendía al mayor lavador de dinero de Hugo Chávez, compró un apartamento por mil seiscientos millones de pesos. Pero el dato que más enerva al tigre es este: en 2014 se registraron tres transferencias por casi cuatrocientos mil dólares desde empresas vinculadas al lavador de los dineros chavistas a cuentas fiduciarias relacionadas con el ahora presidente de Colombia.

El tigre necesita pues una escenografía que ponga las luces lejos de sus sombras. En Santa Marta apareció entre cadáveres de integrantes de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada. En esa ciudad, guarnecido adentro de un carro blindado, prometió que enviaría a sus líderes «al infierno en bolsas». Al tigre hay que mirarlo por encima del rabo. Su esposa, Ana Lucía Pineda, es la representante de la Fundación Colombia Luz y Sonrisas, una de las tres instituciones autorizadas para recibir las donaciones destinadas a socorrer a los damnificados del terremoto del 10 de agosto.

Un juzgado de Familia de Bogotá y uno de Pequeñas Causas y Competencia Múltiple de Barranquilla admitieron dos tutelas para establecer cuánto dinero recibió la fundación de la Primera Dama, cuánto gastó, en qué lo gastó y cuánto conserva aún de ese río desbordado de dinero proveniente de empresarios, gobiernos extranjeros y organizaciones de auxilio humanitario. La respuesta de la Presidencia en Bogotá fue atacar a la jueza y acusarla de carecer de imparcialidad. Ese artilugio jurídico desplazó la discusión hacia la funcionaria y dejó sin respuesta las preguntas sobre el monto y destino de las donaciones, que siguen sin esclarecerse.

Nadie debería sorprenderse. Javier Milei y Abelardo de la Espriella, felinos forasteros, tienen por costumbre mear en vez de contestar.

Foto de José Alejandro Castaño

José Alejandro Castaño

Escritor, periodista y editor. Ha sido finalista del Premio Kurt Schork, de Columbia University, y ganador del Casa de las Américas de Literatura, del Premio de Periodismo Rey de España y tres veces del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Es autor de los libros: La isla de Morgan (U. de Antioquia, 2002), ¿Cuánto cuesta matar a un hombre? (Norma, 2006), Zoológico Colombia: crónicas sorprendentes de nuestro país (Norma, 2008), Cierra los ojos, princesa (Ícono, 2012), Perú, reino de los bosques (Etiqueta Negra, 2012). Es coautor del libro Relato de un milagro. Los cuatro niños que volvieron del Amazonas (El Peregrino Ediciones, 2023). Algunas de sus crónicas están incluidas en antologías y han sido traducidas al inglés, francés, alemán y japonés. Cofundador de CasaMacondo.
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