Este es el primer relato de los treintaiocho que componen el libro más completo y detallado sobre la búsqueda y rescate de los cuatro niños indígenas perdidos en el Amazonas. ¿Cree que ya conoce lo qué sucedió antes y después? Este libro es la historia detrás de la historia que usted no conoce. Muy pronto en librerías.

relato de un milagro

Lesly comenzó a ver el espíritu de Magdalena.

Al parecer, la madre muerta se le aparecía viva en el reflejo de los espejos, en la transparencia de las ventanas, en la hondura de los charcos, en la oscuridad de los rincones. La familia le pidió a Eliécer Muñoz, el chamán murui que participó en la búsqueda y rescate de Lesly, Tien, Solenny y Cristin, que los visitara en la Casa Hogar al que los habían llevado, en el norte de Bogotá, internados con otros sesenta niños. Querían que les sacara el susto. Algo debió quedar pendiente cuando los encontraron moribundos de hambre y de cansancio. Por eso la madre venía desde tan lejos y les hablaba en sueños. Para los indígenas, los hilos terrenales que atan a los muertos con los vivos deben ser cortados con firmeza, igual que se cortan los cordones umbilicales de los recién nacidos.

Nada ocurre en la Amazonía sin que los espíritus lo sepan.

Sus bosques, que desde el aire se ven como si fueran uno, en realidad son muchos. Los indígenas creen que cada uno les pertenece a espíritus distintos, todos poderosos e implacables. Los animales parecen saberlo. Los monos titíes, por ejemplo, que saltan en tremolina, se plantan de súbito en las copas de los árboles y después de anunciarse esperan. Los uitotos —la comunidad a la que pertenecen Lesly y sus hermanos— dicen que hasta los jaguares, los reyes de todo lo que allí se mueve, renuncian a presas a su alcance cuando están del otro lado de bosques que no conocen, en los que no han cazado. Ellos se plantan, huelen el viento, después se echan con la cabeza baja. En su huida, los tapires buscan esos límites, y también los venados, las guaguas, los armadillos…

Los espíritus no son ficción, tampoco metáfora.

Cuando se camina en la selva profunda algo se presiente allá, aquí. Es posible que el sendero de hojas de las hormigas arrieras sea uno de los modos en que ellos demarcan sus dominios, también el vuelo errático y a trompicones de la morpho azul, la mariposa más grande de la Amazonía. ¿Qué divide los ríos en dos colores sino la imposición de un límite? Una línea del grosor de un hilo separa sus cauces: a la derecha aguas amarillas, torrentosas; a la izquierda aguas negras, oscurísimas por la concentración de ácidos húmicos, la materia orgánica del suelo. Y así fluyen esos torrentes hasta disolverse, cuando ya no es menester que corran separados. Los indígenas amazónicos creen que los espíritus ya estaban allí cuando las raíces brotaron de las primeras semillas y los tallos se alargaron como atirantados desde el cielo.

Para quitarles el susto debían conjurarlos.

Y había que hacerlo pronto, dijo Eliécer. Así que un viernes de mediados de septiembre, casi cuatro meses después de su rescate milagroso, el chamán llegó al hogar del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y pidió ver a los cuatro hermanos. Una sombra en sus ojos se lo dijo: los espíritus que los habían retenido tantos días, ocultándolos de quienes los buscaban —que pasaban junto a ellos sin verlos ni oírlos— seguían acechándolos, complaciéndose en la posibilidad de hacerlos suyos. La madre no se le aparecía a la hija para espantarla sino para prevenirla. Algo vivo de esos bosques al sur del río Apaporis seguía en los niños y debía extirparse, como se hace con la larva de un gusano adentro de una herida, antes de que crezca y se oculte más adentro.

Fue un conjuro breve.

Eliécer les sopló tabaco a los hermanos juntos, empuñados como dedos y entre tanto les susurró oraciones en español y en uitoto, una lengua enraizada allá, en el corazón de la Amazonía. Eran rezos para apartar lo indeseado y acercar lo más amado: que se fuera lo muerto, que permaneciera lo vivo, que se desataran los nudos en sus tobillos, en sus muñecas, y que se revirtiera la opacidad en sus ojos, que brillara en ellos la luz de la alegría. El chamán les sopló humo en los pies, las rodillas, el pecho, la espalda, el cuello, las orejas, la frente, los ojos, la nariz. Con Lesly lo hizo varias veces. Ella era la más deseada por los duendes, y a punto estuvieron de robársela. Después los palmeó con hojas de albahaca y el humo blanco del tabaco se mezcló con ese olor bienaventurado, de un verde tan intenso.

El relato que los trajo de vuelta comienza allá, muy lejos.

(…)

Relato de un milagro fue editado por editorial El Peregrino, muy pronto en todas las librerías del país.

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