Al editor español Enrique Redel (1971) le gusta Colombia. «La energía que tenéis es algo excepcional», me dice por la plataforma de Zoom, desde Madrid, dos días antes de viajar a Medellín. «O sea, me han pasado cosas en Bogotá que no me han pasado en mi vida. Gente que me saluda en la calle y me dice que soy el famoso editor de Cărtărescu. Una vez, lo tuvimos que sacar escoltado de la FILBo. La gente se abalanzaba sobre él. Es una locura». Cărtărescu es Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956), poeta y novelista rumano, premio Formentor, autor de Solenoide y Nostalgia y uno de los rostros más visibles, junto al de Natsume Soseki y al de Stanisław Lem, de Impedimenta, la editorial independiente que Redel fundó en Madrid hace un poco más de veinticinco años, en 2007.

En esta ocasión, el español viaja a Colombia para acompañar a una compatriota de Cărtărescu, y una de las nuevas estrellas de la editorial: la moldava-rumana Tatiana Țîbuleac (Chisináu, 1978), autora del best seller El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (2019) y de la novela El jardín de vidrio (2021), que ganó el Premio de la Unión Europea de Literatura. Durante una semana, los dos asistieron a la Fiesta del Libro de Medellín y visitaron Bogotá, donde pasearon por librerías y tuvieron un evento en la Biblioteca Nacional.

CasaMacondo quiso aprovechar la coyuntura para charlar con Redel, el editor que puso a vivir en una misma casa (editorial) a escritores como Penelope Fitzgerald, Edmund Crispin, Eudora Welty, Osamu Dazai, Barry Hines, T. C. Boyle, Dubravka Ugrešić, Roger Deakins, Yuko Tsushima y muchísimos otros.

¿Qué representa Colombia para la editorial Impedimenta?

En América Latina, en general, los autores de Impedimenta que se leen son los mismos: Stanisław Lem, Natsume Soseki, en algunos casos Cărtărescu. Pero se da la curiosa circunstancia de que en Colombia el tipo de lector es muy parecido al de España. Es decir, los libros que no nos funcionan acá, no nos funcionan allá. Hay un abanico amplio de lectores. Colombia es un país que tiene un porcentaje de lectores muchísimo más alto de lo que debería tener teóricamente. Ya se sabe que hay un porcentaje de lectores en México, otro en Argentina, y que Colombia siempre se ve como el hermano pequeño. Para nosotros, sin embargo, es el hermano mayor.

¿Se venden más libros de Impedimenta en Colombia que en México o Argentina?

Sí. Es nuestro segundo mercado después de España. Además, ha sido de manera muy orgánica. No es que tuvimos un pelotazo con un libro. Es cuestión casi de presencia de marca. Yo siempre he encontrado que el lector colombiano, aparte de que es muy emocional, como nosotros en la editorial, es un lector que baja mucho la guardia ante los libros que le presentas. Hay una sensación de que es un lector muy puro. Nosotros no somos una editorial germánica. Somos explosivos, volcánicos. Y Colombia es un país explosivo y volcánico a nivel emocional. Nos encanta. Enganchamos muy bien con la prensa, las librerías, los periodistas. Cuando voy a Colombia, me considero más como un editor colombiano que como un editor español, porque a veces allá se me entiende mejor.

¿A qué te refieres cuando dices que Impedimenta es una editorial volcánica?

Para mí es muy importante el proceso de enamoramiento con cada libro. Los libros tienen que ver más con la emoción que con el negocio, así luego intentemos venderlos. Cuando yo, de repente, me encuentro un libro y me gusta, hay un flechazo. Y ese flechazo, esa energía, intentamos mantenerla y transmitirla. Por ejemplo, si vienes a la Feria del Libro de Madrid, nosotros los editores del grupo Contexto —que somos Libros del Asteroide, Nórdica, Sexto Piso, Periférica e Impedimenta— estamos ahí, frente al público. Somos los que más nos echamos encima los lectores. Siempre estamos muy emocionados con los libros, transmitimos energía. No somos calculadores y fríos. Somos viscerales. Y eso se ve en las reuniones de equipo, en las portadas que hacemos. Mi relación con los libros es de amor, de éxtasis. Es algo que te quema, casi como el fuego, que te consume.

Y el lector colombiano, ¿qué lee de Impedimenta? ¿Cuáles son los libros que más venden acá?

Leen a Cărtărescu, evidentemente, porque ha sido un autor que ha llegado directamente al corazón del lector colombiano. Leen muchos autores anglosajones. Muchos del este de Europa. Es decir, no es un lector que le dice no a determinadas cuestiones, por ejemplo, a la literatura japonesa. No solo es lector de clásicos. En América Latina van mucho a lo clásico, al autor clásico-moderno, y ahí se quedan. El colombiano no solo lee a un autor o dos o tres, que es lo que ocurre en Argentina o México. En Colombia nuestro catálogo ha permeado.

En el catálogo de Impedimenta solo hay una colombiana, la escritora Ingrid Rojas Contreras, que publicó con ustedes la novela La fruta del borrachero. Uno asocia a la editorial con autores, justamente, de Europa del Este o Japón. ¿Cómo llegaron a ella?

Es un caso muy raro. Ella es de esta generación de escritores latinoamericanos —mexicanos, argentinos, colombianos— que escriben en inglés. Es bogotana, pero su familia tuvo que exiliarse en San Francisco porque el padre estuvo amenazado por la guerrilla. Acabaron en Estados Unidos y por eso escribe en inglés. A mí el libro La fruta del borrachero me encantó. Me pareció uno de los libros más alucinantes que he leído en mucho tiempo. Intentamos que se vendiera en Colombia. Ella estuvo en la FILBo. Pero no logramos que funcionase tan bien como querríamos. Para mí se dio una especie de paradoja o de circunstancia extraña, que era una autora local, pero en nuestro catálogo, y por eso no logró entrar en el mercado colombiano.  

¿Hay algún otro autor colombiano que publicarías en tu catálogo?

Está el caso de Juan Cárdenas, muy amigo mío, desde hace muchos años. Él está en Periférica, y siempre le digo que cuando tenga una novela… pero, claro, no lo hago por no meterme con Periférica, somos muy amigos. Pero él es un autor al que publicaría perfectamente. Si hay autores de ese nivel, les abro la puerta sin problema. Powerpaola [la artista plástica, historietista e ilustradora] también me encanta. Siempre le tiraré flores. Lo que pasa es que está en otras editoriales. Siempre que voy a Bogotá, o a la feria de Medellín, ando bicheando. Siempre estoy a la caza de aquel escritor o escritora. Lo malo es que los grandes grupos a menudo pescan a los nombres que luego aparecen en un Bogotá39.

El equipo de Siglo, la distribuidora de Impedimenta en Colombia, me contó que ustedes han empezado a imprimir libros acá, localmente. ¿Esto se debe a la demanda que existe en el país?

Una de las características que tiene Impedimenta es que somos una editorial cara. Lo decimos de una manera abierta. Por el tipo de producción que hacemos. Son libros con sobrecubierta, en un papel verjurado de mucha calidad, el primer pliego a dos tintas, adentro una postal. Nos dejamos mucho dinero en producción y eso nos repercute mucho en costes. La pena que nos daba es que muchas veces un libro con una vocación más democrática se convertía en un objeto de lujo. Entonces, con ciertos autores y ciertos títulos, sí que estamos haciendo un esfuerzo por producirlo localmente. Afortunadamente, Siglo es también una editorial, saben editar libros y conocen muy bien el ámbito productivo. A mí me daba miedo, porque somos muy exquisitos a la hora de producir. Pero si ahora mismo tuviera que decir cuáles son los libros hechos fuera de España que me gustan y que yo firmaría, están los colombianos. Además, así matamos dos pájaros de un tiro: los precios son mucho mejores, lo que aumenta los lectores, y se cumple, además, con apoyar a la producción local.

El énfasis de la editorial en la calidad es indudable. Si nos devolvemos a los orígenes de Impedimenta, ¿siempre pensaste en eso?, ¿en montar, no solo una editorial, sino una que valorara la estética del libro?

Yo puedo decir que soy un editor vocacional. Hace unos años, cuando me preguntaron: «Oye, ¿de dónde viene tu oficio?», me vino una especie de iluminación. Cuando yo era pequeño, en un pueblo cerca de Madrid donde mi familia tenía una casa, mientras mis primos se dedicaban a jugar al fútbol, yo me metía debajo de una encina y con unos cuadernos y unas hojas plagiaba poemas de Espronceda o de Lope de Vega, los firmaba como míos, tomaba dinero prestado de mi padre, hacía fotocopias y los vendía. ¡Y me ganaba buen dinero a los ocho años!

A la vez, tenía una especie de fascinación por el libro como objeto. Recuerdo que de muy pequeño lo mejor que me podían regalar era un libro. Luego, conforme me fui haciendo mayor, me convertí en dibujante de cómics, pero en aquellos tiempos no había estudios de esas cosas, y finalmente me metí de abogado. Y, sin embargo, siempre tenía esa especie de sensación de lo estético, de la belleza de la tipografía, de que tenía que estar todo ordenado. Para mí los libros no son solo una mercancía que sirve para entretenerse un rato. Son unos artefactos que te acompañan toda la vida y que se hacen tuyos. Los libros no son baratos, y lo mínimo que puedo hacer para que los pesos del lector estén bien invertidos, es que el libro sea bellísimo. Es que si no sería una falta de respeto con el lector, con el autor, con el traductor. La estética es una de las tres patas de Impedimenta.

¿Y cuáles son las otras dos?

La segunda es que son libros que duran. No nos gustan los libros de leer y tirar. Nos gustan los libros de usar y guardar. La tercera pata es el respeto por los oficios del libro. Siempre ponemos al traductor en la portada, reconocemos a los correctores y maquetadores en los créditos. Siempre estamos a favor del sector. Si un librero no tiene nuestros libros, la culpa nunca es suya, sino mía. Con esas tres cosas hemos hecho el catálogo de Impedimenta, que es estricto, muy orgánico y coherente, y que también es un recorrido a lo largo del tiempo de mis gustos y los de Pilar Adón, mi mujer, que es la coeditora de la editorial. Otra cosa: no publicamos ningún libro que no nos guste. Eso es garantía de que nada de lo que publicamos va a ser de relleno. Todo va a ser algo de lo que nos hemos enamorado. Así te puedo explicar la impedimenta que cargamos.

¿La impedimenta? ¿De dónde viene el nombre?

La impedimenta era la mochila que llevaban los romanos, que pesaba cincuenta kilos, pero en la que cargaban solo lo imprescindible. El nombre viene de que siempre estoy cargado de libros. Cuando te mudas, por ejemplo, te llevas los libros imprescindibles, los tuyos, los que te van acompañando. Son pesados y hacen que te duela la espalda. Y, bueno, nosotros no queremos hacer libros que la gente quiera regalar. Y mira, en los mercados de segunda no se ven libros de Impedimenta. Entonces nos pareció una metáfora interesante. También nos gusta reivindicar ese reverso oscuro de la literatura. A veces los libros son pesados, te hacen llorar, te cambian la vida, esos son los libros buenos. Para entretenimiento está Facebook y Netflix. Los libros son otra cosa. Queríamos recalcar, entonces, ese aspecto pesado de la literatura, porque, bueno, también lo tiene.

A la hora de escoger a los autores de Impedimenta, ¿cuál es el criterio principal?

Yo recibo muchísimas obras a lo largo de la semana. Y todas las reviso, al menos en sus primeras páginas, a ver qué tal están. Yo soy un lector muy exigente. Estuve de lector literario en una editorial hace muchos años y de los dos mil libros que pasaron por mis manos solo me gustaron dos. Pero a veces me llega un libro que me dice algo más, que se sale de lo consabido. Yo soy capaz de verle la herida que hay debajo. Toda buena literatura tiene una herida. Hay una herida que se tiene que sanar, una obsesión. Si yo logro ver esa preocupación, esa agonía, a mí el libro me seduce, por muy imperfecto que pueda ser, o que le pueda faltar para ser una obra perfectamente escrita y musical. Si le veo talento detrás, es un libro al que le voy apostar. Y nos ocurre de vez en cuando, como en el caso de Jon Bilbao, que es literatura de género, escribe wésterns; o de Mariana Sanders, que habla de historias de madres e hijas en su apartamento en Buenos Aires; o de Eduardo Berti, que habla de su pasado como hijo de un rumano que va a buscar sus raíces. En ellos está esa herida.

En Impedimenta conviven libros contemporáneos con libros clásicos, muchos de otras lenguas. Con esas obras de otras épocas, ¿tienes los mismos criterios? ¿También, en ellas, buscas esa «herida»?

Ya cada vez publicamos menos clásicos. Hace muchos años tuve una conversación con Jorge Herralde, el editor de Anagrama, y él me dijo: «A ver, lo que hacéis vosotros es muy fácil, que es recuperar clásicos modernos que están atestados en Penguin Classics. No, no, lo que tienes que hacer es buscar autores de tu generación y acompañarlos en su largo camino». Y eso es lo que hacemos ahora con Cărtărescu, Țîbuleac, Bilbao, Berti, Ugrešić.

A mí el tema de la herida me viene de una edición pirata, hay que decirlo, de Historia de un decidido, de Vargas Llosa. Muchos amigos peruanos me pasaban libros impresos ilegalmente en Lima, y uno de los que cayó en mis manos fue ese, que me pareció maravilloso, la tesis que hizo Vargas Llosa sobre Gabo. Entonces, hablaba de que justamente los buenos autores son aquellos que tienen algo roto en su interior, y escriben y escriben y escriben intentando recomponer la realidad de manera que les cuadre en la cabeza. Y Gabo lo hacía todo el rato, con la historia de Colombia, con su infancia en Aracataca, intentando recolocar sus convicciones políticas. Estaba todo ahí dándole vueltas. Al final, los buenos autores son aquellos que están obcecados en crear un mundo que remede en cierto modo al mundo real y que lo reordene de manera que no duela.

Hablemos un poco del mercado editorial. ¿Cuál es un tiraje típico de una novedad de Impedimenta?

Empezamos haciendo mil quinientos ejemplares por tirada. Luego nos dimos cuenta rápidamente que la ratio de reimpresión era alta, por lo cual empezamos a subir y actualmente estamos en una media de tres mil quinientos ejemplares por tiraje, que nos sirven tanto para España como para Latinoamérica. En algunos casos, tenemos de cuatro mil o cuatro mil quinientos. Para los libros de Cărtărescu o Țîbuleac sacamos tiradas de diez mil ejemplares. Porque son libros que sabes que van a tener difusión.

¿Cómo los ha afectado el alza en la subida del papel?

Es un asunto candente en el sector, creo yo que también en Colombia. Se dio la circunstancia de que facturábamos más pero ganábamos menos, porque al final los costes asociados a la producción se encarecieron un 30 por ciento en dos años, y eso nos ha hecho replantear la estrategia. Luego ha ocurrido que en España, después de la pandemia, hubo un renacimiento de la lectura y todas las editoriales fuertes han sacado grandes apuestas desde enero de 2023. Eso ha hecho que las librerías estén llenas de buenos libros y se ha vuelto muy complicado sacar la cabeza allí. Creo que sacar libros hoy en día es un deporte de riesgo. No lo había visto tan difícil desde que comenzamos, en 2008. El asunto también es que este boom de editoriales de rescate está muy gastado. Ya se ha rescatado lo que se tenía que rescatar y ahora mismo estamos en esa liga de sacar autores contemporáneos, luchar por los adelantos para sacar un National Book Award o un Booker Prize. Es un terreno complicado.

¿Y cómo ha hecho Impedimenta para sobrevivir?

Tiene varias razones. Yo ya venía de un proyecto previo, llamado Funambulista, una editorial que todavía sigue existiendo. Y que me hizo conocer al sector. Luego tuve la suerte de conocer a excelentes editores amigos, a Luis Solano, de Libros del Asteroide; a Julián Rodríguez, de Periférica; a Diego Moreno, de Nórdica; a Santiago Tobón, de Sexto Piso. Entre nosotros nos ayudábamos mucho. Luego tuvimos un distribuidor que, en contra del mandato de la dirección, de que apoyasen editoriales hechas, les apostó a nuestros libros. Todo esto se junta. Entre los amigos nos hemos ayudado mucho, hemos llorado mucho, íbamos juntos a librerías, a las ferias del libro. Ahora, de hecho, Contexto nos distribuye juntos en Colombia, en Argentina, en México, salvo a Sexto Piso. Eso nos ayuda mucho a abrirnos paso. A la hora de ir a una feria, podemos pagar la factura entre cinco. Eso solo no se puede, pero sí entre cinco.

¿Qué tan importante es la alianza del grupo Contexto para sobrevivir en un ecosistema dominado por dos tigres, Planeta y Penguin Random House?

Es curioso. Nosotros somos frugales. Somos capaces de poner nuestro catálogo en mínimo y buscar la guarida para hacer promoción de batalla, de guerrilla. Y encontrar, sobre todo, títulos. Cuando voy a las ferias, busco el backlist. No quiero el frontlist. Y en el backlist se encuentran cosas alucinantes. ¿Cómo están estas cosas aquí? Son cosas que pasan por debajo del radar de las ferias, pasan por debajo de los grandes agentes. Oye, que tienes aquí a Antonio Moresco, a Mariana Engel, a Iris Murdoch. Entonces, al final, ¿qué tienes que hacer? Es ir por los márgenes. Si te fijas, todos tenemos nombres excéntricos. Libros del Asteroide, Periférica. Vamos por los márgenes y vamos recogiendo lo que van dejando los grandes grupos, y lo haces con la convicción de que tienes un tesoro secreto. Nos ha pasado mucho. Nos está pasando con [Antonio] Moresco en este momento. Este señor, de ochenta años, es un genio de la literatura italiana, y a nadie en la vida se le había ocurrido publicar Los comienzos. Y es un librazo. En quince días estaré en Argentina y allá vamos a montarla. ¿Cómo es que este tío estaba sin publicarse en español? Esa es nuestra filosofía: encontrar rarezas que no encuentra nadie más.

Para terminar, ¿cuál es tu libro favorito de Impedimenta?

Uno libro que leo y releo y releo y releo es Nostalgia, de Cărtărescu. Todo el mundo dice, Solenoide, y sí, todo lo que quieras, pero para mí, Nostalgia. Es un libro que Cărtărescu escribió con veintisiete años y que le dijeron: «qué pena que con veintisiete no vaya a escribir nada más porque es evidente que esto no se puede superar». Y luego ya lo superó con la trilogía Cegador y con Solenoide y ahora con Theodoros. Pero para mí Nostalgia es un libro que leo y releo y releo. Ese por un lado. Y luego La juguetería errante, de Edmund Crispin. Es un libro de detectives que leo y releo y vuelvo a reír. Y estoy ahorita con Los comienzos, de Moresco, otro de esos libros inclasificables, que también me parece una creación total. Pero diría que Nostalgia es el primero, es una obra maestra.

¿Y un libro que no hace parte de tu catálogo pero que soñarías con editar?

Pues el Ulises, de Joyce, siempre quise hacerlo. Me dieron la oportunidad, el año pasado, que era el año Joyce, el centenario de su nacimiento. Pero dije que no, está muy publicado. Como que decía, ¿qué voy a aportar? Es un libro que he leído diez veces, quince veces. Es un libro que me sé de memoria. Es el mejor libro que se ha escrito nunca. Luego hay otros. Me gustaría ser el editor de Maus, de Art Spiegelman. Es un cómic perfecto.

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